26 Septiembre 2007
Desde la calle es una de tantas ventanas, una de decenas, de cientos de una modesta fachada. Nadie diría que tras esos cristales, uno tras otro, un hombre observa los días pasar.
No sabría por donde empezar, siempre ha sido así. Observaba, escuchaba y no sabía cómo acercarme, qué contar o siquiera entenderles pero mi ingenuidad aún era más fuerte. Por el contrario lo que recibía eran reserva y desconfianza en forma de miradas, una acogida, digamos, fría. Mi aspecto físico, unos ojos por ávidos vacíos, unos movimientos maniatados y torpes; la corporeidad, no sé. Un aspecto francamente serio, frío incluso como reconocieron en alguna ocasión.
Desencuentros, muchos, que no me impedían frecuentar su compañía. Esos devaneos primeros una vez estudiada y dominaba la técnica me supusieron incluso un aliciente. Habíamos de llegar a un entendimiento, estaba seguro de que podría llegar a formar parte, siempre hay un espacio.
Así hasta que realmente no he sentido nada, en un principio me afligía, trastornaba incluso y, no, no es que haya dejado de importarme es sencillamente que no podía mantenerme siempre en ese estado de angustia, de vigilia.
En qué momento dejé de dirigirles la palabra no lo sé. Por momentos, entusiasta, me creía con un mayor conocimiento que aquellos que me rodeaban. Cuestionaba y defendía posiciones que no compartía o desechaba porque en ellas no había cabida para mí. Todo era fruto de una mayor sensibilidad, no afirmo, pregunto. Si no conseguía conectar era fundamentalmente porque estaba rodeado de mentecatos. Afortunadamente esta particular percepción había de caer, no sin procurarme gran satisfacción, demiurgo de mi jardín de las delicias era capaz de arrasarlo si así lo consideraba oportuno.
Esta soledad, renuncia, elegida ha sido mi elección, mi meta, para beneficio de estos pobres ingratos que deambulan, que no entienden, que no saben, que no ven, era yo quien había de sacrificarse para que cobraran una pizca de la vitalidad que experimentaba.
Hoy, no soy capaz de rebasar esa puerta que me separa del exterior y me limito a observar desde esta ventana. Digamos que he hecho de estas cuatro paredes un cuerpo íntimo, materno, en el que he de vivir. Aquí he de encontrar todo aquello que haya de necesitar, aliento, calidez, -esto fue lo más doloroso, hubo de pasar tiempo hasta que no necesitara de un abrazo, de una palabra amable-, distracción, conversación; a medías claro, nunca han de tener una réplica, tomé la costumbre de llenar el espacio con la voz de un interlocutor que no era otra sino la mía; fragmentos recitados, impresiones primeras, imágenes, movimientos, aullidos. Terminé por verbalizar cada impulso eléctrico que recorriera mi cerebro, haciendo caer la membrana que contenía neuronas e impulsos nerviosos para, proyección de mi cabeza, mis pensamientos, empapar las cuatro paredes en las que me veo confinado. Confundiendo así, rebasando, una frontera de hueso y de carne, de piel. Todo, porque nunca me he acostumbrado a ese rumor hogareño del propio cuerpo que se desplaza por el espacio, de los electrodomésticos que enfrían, la caldera, un hervor, un pitido, pasos que van… La voz, la mía es una forma de taparlo.
Hoy es fácil. No, llevadero. Me siento en la ventana y miro. Es el único medio de relación con el exterior, aséptico, anónimo, distante, que cobra un tono prácticamente cinematográfico, de gran pantalla, un plano secuencia. Estás fuera, aísla los sentidos, desde este lado la piel no percibe la temperatura, la humedad del aire, puedes ver las copas de los árboles alborotadas a merced de una ráfaga repentina, los rayos verticales que rompen las nubes caen sobre la tierra, que tan pronto brilla como se oscurece, ellos, nunca los mismos. Las sombras que se proyectan, que se confunden, forman volúmenes y compases, todo en una inmensa coreografía orquestada por el observador, único, dador de sentido, inamovible, pero estás fuera, siempre estás fuera, ajeno.
Observo y sé que nunca llegaré a ver a cada uno de ellos individualmente, al menos no como persona viva o que no haya dejado su impronta en folleto, libro o legajo alguno. De ese modo no tengo que preocuparme, no hay respuesta, es mi palabra contra la suya, es su palabra y mi voz. Por qué, creí que así entendería, creí que así aprendería, que bastaría un entrenamiento. Que aprehendería las motivaciones ocultas, de la vida que se dice. De ahí a no volver a salir no hay tanto. Es como tratar de pasar dos, tres veces por el mismo sitio, y, puedo decir, que ni siquiera así tiene uno garantía de dar con las palabras adecuadas.
En alguno de los últimos encuentros repetía conversaciones, expresiones o reflexiones que previamente hubiera leído o ensayado. Había quien se dejaba impresionar, los menos, pero ese destello nunca duraba lo suficiente como para que pudieran conocerme, menos aún yo a ellos. Por más que lo he intentado, por más que observo, no alcanzo a entender, seres diminutos que hacen acto de presencia en este mi pequeño escenario, ventanal, no son siquiera, son un ir y un venir, son movimiento; aprisa, distraída, maquinal… es una corriente. Qué contrasentido, me digo, concibo este mi entorno como un todo, como una colectividad que no entiende de identidades, es un todo impenetrable por informe, un todo que en el otro extremo me tiene a mí, observador, expectante; único, singular y que a un tiempo visto desde la calle no ha sino de formar parte. Soy parte de un todo que cobra sentido en la medida que yo, una porción, le doy coherencia.
La elección tomada en su día dejó de tener importancia en el momento en que confundo los motivos, puedo decir incluso, no sin cierto rubor, que los he olvidado, sin saber bien si es miedo, hábito o simple cerrazón la que me mantiene.
Hoy, ahora, me resta una sola pregunta, cómo va a terminar esto.
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24 Septiembre 2007
Sobre "La nuit just avant les forets", de Koltès, versión de Sergi Belbel (De noche justo antes de los bosques) escribe Marcos Ordóñez en El País una interesante crítica. No, no he tenido ocasión de verla pero lean y entenderán porque, permite en parte hacerse una idea de lo que pudo ser, dicho con sentimiento de pérdida, se ha perdido. El artículo puede consultarse de forma íntegra en el siguiente enlace. Quizá como dice el Sr.Ordóñez tengamos ocasión de verla ante las peticiones de los programadores, ¡Ojalá! Ahí va entre tanto:
"Se trocea y encarna en seis voces, seis grandes voces, seis actorazos. Por orden de aparición: Pere Arquillué, Andreu Benito, David Selvas (que sustituye a Lluís Homar), Josep Maria Pou, Jordi Bosch y Francesc Orella[...].
El protagonista de La nit es un extranjero, un paria, un hombre que escapó del yugo de la fábrica y vaga en la noche de un París ajeno y hostil. Como todos los desheredados de Koltès, se expresa en un lenguaje articuladísimo, de alto vuelo poético, todavía cercano a Céline en su angustia y su furia, pero alboreando ya la tensión genetiana entre mordisco de arroyo y majestad formal. Es decir, que ese texto no se puede dar a la carrera ni "bajar" hacia lo coloquial[...].
Lo singular del trabajo de Rigola, no sé si por azar o por cálculo, es que, obviamente, no ves a un solo hombre sino a seis, individualizados por sus narraciones [...], mostrando las diversas facetas, únicas y complementarias, de un mismo poliedro. A lo largo de esa noche errabunda conoceremos, pues, todas las caras y caretas de un solitario que camina bajo la lluvia buscando un interlocutor, un compañero, "un ángel en la mierda". Como Jerry en Historia del Zoo, sus palabras son estrategias de aproximación, fintas de defensa, recordatorios de su identidad: habla para tocar y tocarse y ser tocado.
Pere Arquillué es la voz del principio de la noche, asediado por lobos y espejos pero todavía sonriente, invitador; una voz que intenta mostrarse fuerte y segura, un hombre que dice preferir los hoteles de paso a las casas burguesas, y lavarse el pito en los aseos públicos, casi un autoestopista beat a la caza de un breve satori compartido ante dos tazas de café caliente.
Andreu Benito, en cambio, parece un viejo situacionista a la deriva, perdido en la edad de plomo y en los bares del Marais; un superviviente del 68, un personaje de Garrel que cae en la trampa de una joven y rubísima neofascista al postular una imposible Internacional de los Desheredados, una fuerza de agitación y, sobre todo, de defensa.
Le sucede en escena David Selvas, que no es un reluciente black pero lo parece, y también un hijo de Oliveira buscando a la Maga de puente en puente, y un Hamlet de suburbio que clama por una arrasadora venganza cósmica: su mano izquierda quiere empuñar la daga y en la derecha todavía hay restos de la tiza con que escribió en todas las paredes el nombre de esa Ofelia que muy probablemente flote a tales horas río abajo.
El tercer hombre es Josep Maria Pou, una súbita criatura de Bukowski o Fonollosa, bronco y alucinado de dolor y mal vino, sonámbulo en el termitero de putas y clientes de Barbès, ojeando la violencia nacida de la desesperación y el miedo de cada viernes por la noche, las zonas de sombra y peligro, los innumerables ghettos, con un fanfarroneo ("yo pego antes de preguntar") que no engaña a nadie, agotado por el desconcierto, recontándose la historia de la puta que se mató comiendo puñados de tierra del cementerio, tierra oscura y profunda, empapada de muerte, y en ese recuento intuimos que el personaje nunca ha estado más cerca de la emulación suicida, pero es sólo un relámpago antes de que doble la esquina y se aleje por Rochechouart y ocupe su espacio otro soliti ignoti con el rostro de Jordi Bosch, una voz ahora más ligera porque no tiene el peso de una historia que contar: es el momento de dejarse ir en la alta madrugada, de acogerse al breve ensueño de un poco de calma sobre la hierba y bajo los lejanos y altísimos árboles de Nicaragua, pero llega la certidumbre fríamente desesperada, todo igual, la jungla de las ciudades y la selva donde un general y sus secuaces disparan contra los hombres ocultos.
Cercano el amanecer entra Francesc Orella con el empapado abrigo de La caída y los ojos incandescentes de dolor y rabia, de infinita fatiga. Cae la máscara inicial: el vagabundo ha sido robado y deshombrado por las fieras, sólo tiene humillación y soledad, y el eco de esa ira caótica que estalló, para apagarse como una cerilla, en un andén de la estación de Clichy.
La nit just abans dels boscos es un hermoso y hondo espectáculo. Aquí nunca ha resonado Koltès tan bien dicho y sentido, pero la función resulta un punto sombrona, tonal y literalmente (¿es necesaria tanta penumbra?); todavía demasiado "educada" y solemne; demasiado tirada hacia abajo por una gravedad que no es la de la piedra atada al cuello sino la tristeza ritual, unificada y un tanto circunspecta del oratorio de lujo. Esa melancolía ha de predominar porque se trata de una voz (o voces) sin salida y no conviene, está claro, agitar los parlamentos ni precipitarse, pero yo diría que el texto pide un poco más de fisura, de electricidad. Quizás sea eso, que todavía falta un hervor en la dirección y en las palabras: un hervor de fiebre."
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18 Septiembre 2007
Despojado, sí, ha oído bien usted, así es como me siento... veo cierta sorpresa en su rostro, quizá piense que tiene cosas mejores que hacer que hablar con un desconocido... No, no diga nada, al menos aún, déjeme explicarle. No, no me malinterprete, no es que no me interese, es que, en fin, son varios los días que le he visto en esta línea y, no me pregunte porque le he cogido confianza... No, por favor, no se levante, aún le quedan cuatro paradas hasta su destino... No me mire así, es simplemente, que yo voy un poco más allá y casualmente lo hacemos a esta misma hora. Qué tiene que perder, ande, siéntese.
Le decía, confianza, sí, por extraño que resulte le he cogido confianza, despierta usted confianza, se le ve seguro, sensato. No sé, los ojos grandes, la expresión atenta y viva. Disculpe, ha sido algo completamente fortuito, yo no pretendía que las cosas se sucedieran así, pero, de veras necesito hablar con usted. No crea que yo mismo no me encuentro extraño, llevo unos días meditando los pros y los contras de hacerlo... Obviamente, me considerará un loco, yo, en su lugar así lo hubiera hecho. Pero ya ve que resulto poco menos que inofensivo, al menos para los demás. No, por favor, no pretendía asustarle... Discúlpeme, son los nervios, fíjese me sudan las manos, no tendrá un pañuelo, por cierto... No, uno de papel será suficiente.
Pero, vayamos al asunto, no hace tanto iba y venía tal cual podía hacerlo usted, tenía mis responsabilidades, mis ocupaciones, un trabajo fijo, el aprecio de mis compañeros... Mire, aquí tiene, la de la derecha es mi mujer, Adela, y estos de abajo son mis hijos, Laura y Rodrigo, lo fueron todo para mí... ¡Oh! No, no... Gracias, ya está. No será necesario, ya se me pasa... Bueno, gracias, le agradezco los pañuelos.
Esto, acaso, es todo lo que queda de entonces, una foto familiar, no me pregunte, no recuerdo que estábamos celebrando... Ja... Ja, ja... ¡Ay! Dios mío, mire que pinta. Y, sí, mire, este reloj, me lo dieron a los veinticinco años en mi empresa, ya no da la hora y ha perdido el lustre de entonces, era... ¡Es, un buen reloj! he leído que los astronautas lo utilizan en las misiones espaciales.
Entonces, todo era distinto, se lo dije, yo he tenido una vida plena, como usted, como cualquiera de estas personas. Se sorprendería, nunca pensé que pudiera verme así. Creí haber alcanzado la felicidad; una familia, un buen trabajo, pero, todo fue haber llegado y no supe ni cómo ni por dónde continuar. Me quede inmóvil, ¿sabe? ¿Qué he hecho en la vida? Me preguntaba. Me resultaba imposible tomar ninguna decisión, no sentirme atemorizado, todo aquello por lo que había luchado, no sé, a ver si me entiende, se desvanecía... Corría el riesgo de perderlo todo... O quizás, no había conseguido nada y apenas tenía ningún valor, ¡Agh!
Ella, Adela, fue paciente y muy comprensiva, lo fue hasta que traté de encontrar refugio en otra persona... Creí que el problema era ella. Estaba equivocado.
No supe qué hacer, no sentía haber hecho nada, era desolador, no tener objeto alguno... Sí, perseguir la nada. En el trabajo cualquier tarea por pequeña que fuera me resultaba ardua y compleja. Procuraba llegar una vez los niños estuvieran acostados, me mostraba evasivo con ellos, cuantas veces corrían alborozados hacia la puerta cuando me oían llegar y yo secamente les pedía silencio... ¡Qué no daría yo por volver a escucharles una vez más!
Me acechaban constantemente las dudas, una forma de desidia. Mi trabajo me permitía vivir muy por encima de mis posibilidades, en un principio no llamaba la atención, incluso se percibió como síntoma de valentía. Sin embargo con el tiempo me mostraba imprudente, temerario, perdía los nervios con facilidad, ya sabe. Me dejaba llevar y me comportaba de un modo extraño, por momentos parecía otra persona, una que me gustaba más. Quería creer que esa otra persona sabría tener una respuesta. Empecé a frecuentar las amistades de un compañero al que debía sacar cerca de veinte años.
Sólo me interesaba por el plan de esa noche, a quién conoceríamos o si iba a ir tal o cual amiga. No tardaría mucho tiempo antes de que mi trabajo se viera resentido, un par de remesas que no llegaron a Bremen, facturas que no terminaban de cuadrar... Bueno, ya se imaginará.
Hice muchos amigos, los mismos que tiempo después, apenas me dirigían la palabra sino para preguntarme que tomaría. Adela ya no estaba y eso me daba aún más opciones.
¿Qué ocurrió? Me paré, a secas. No encontré motivo por el que seguir. Dejé de andar. Una fuerza, una falta de ella mejor dicho, me atenazaba, me impedía continuar, era incapaz de dar un paso más, acababa de salir, era de noche, hacía frío y, una vez rebasado el portal de entrada era incapaz de dar un solo paso. No sé el tiempo que pude permanecer allí, en pie, con la vista perdida. Inánime. ¡No sucedía nada! Nada dentro de mí me impulsaba a seguir, no ocurría nada, si no hacía nada, no pasaba nada, ¿lo entiende? Era como el espacio de aire que ocupaba, no sabía que me había llevado hasta ese instante y, desde entonces, permanezco anclado a ese momento, no hay antes, tampoco después.
Por eso acudo a usted, llevo tiempo observándolo, usted ha de saberlo, dígame, ¿Por qué continúa? ¿Cómo tiene la seguridad?
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12 Septiembre 2007
Algunos nombres propios, Festival de Otoño, CDN, Teatro Español, Teatro Abadía, Teatre Lliure, etc. son sólo algunos de los que estos días, algunos antes otros después, presentan la programación de la campaña entrante. Propuestas atractivas y esperadas, quizá la resaca veraniega.
El programa del Festival de Otoño, muy madrugador, se presentó a mediados del mes de julio. Esta edición cuenta con nombres ilustres y una amplia programación que se celebrará del 15 de octubre al 18 de noviembre. Entre las que destacaría la presencia de la compañía National Theatre of Great Britain que representará Happy Days de Samuel Beckett; Peter Brook que dirige The grand inquisitor, basada en un capítulo de Los Hermanos Karamazov de Dostoievski; la Comédie-Française con Le Misanthrope de Molière; Piccolo Teatro di Milano con Il Vengaglio de Carlo Goldoni; Calixto Bieito; Daniel Veronese y así tantos otros dignos de verse, no hay más que consultar la página.
El programa completo puede consultarse en la página del festival.
El CDN (Centro Dramático Nacional) hoy día 12 ha presentado la programación de la presente temporada. Las obras se repartirán entre las dos sedes con las que cuenta, el Teatro María Guerrero y el Teatro Valle-Inclán.
Por su parte el Teatro María Guerrero arranca con la obra:
‘Un hombre que se ahoga’, versión de Tres hermanas de Anton Chéjov
creación de Daniel Veronese, al que tuvimos ocasión de ver en la pasada temporada.
20 de septiembre a 21 de octubre de 2007
Por su parte el Teatro Valle-Inclán presenta con la obra:
‘Extinción’, de Thomas Bernhard.
Dirección de Krystian Lupa
Teatr Dramatyczny de Varsovia
18 a 21 de octubre de 2007
No será la única obra del autor austriaco, ‘Sobre la jubilación’. Entre otras se presentarán producciones propias y coproducciones, una de ellas con el TNC, ‘La plaça del Diamant’, o el Teatre Lliure, ‘Après moi le déluge’. El programa completo se puede descargar en la página del CDN.
El Teatro Español por su parte presenta en este inicio de temporada:
‘¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?’
Autor: Alfonso Sastre
Director: Juan Carlos Pérez de la Fuente
Intérpretes: Chete Lera, Zutoia Alarcia y Camilo Rodríguez
Género: Drama
Fecha: 13 de Septiembre de 2007 hasta 23 de Septiembre de 2007
Obra que en palabras de Rosana Torres:
‘[...]obra que se adentra en la psicología y los últimos días de la vida de un maldito y genial alcohólico, Edgar Allan Poe.
[...]el teatro de Sastre es posible y necesario. "El que enlaza con la tradición española de lo grotesco, del sainete trágico, del realismo social estilizado por la buena escritura y la construcción teatral, de la ironía cervantina", dice Pérez de la Fuente.’
La programación puede consultarse en la página del teatro.
No podemos dejar de atender a la oferta catalana y es que Teatre Lliure y Teatre Romea cuentan con grandes programas que merecen un, -por qué no-, fin de semana en Barcelona:
Teatre Lliure
Que arranca con “La nit just abans dels boscos” (De noche justo antes de los bosques) con un plantel, -cómo decirlo-, único.
Entre otros esta temporada contará con la participación de Lluisa Cunillé, Álex Rígola (al que tenemos por partida doble, “La nit just...” y la obra presentada en el Grec “2666”), Veronese, Ollé, Rodrigo García y así un largo etcétera, consultar la página.
Le van a la zaga el Teatro Bellas Artes, Abadía o el Centro Cultural de la Villa.
El Teatro Bellas Artes tras la gran afluencia de público de la pasada temporada, entre otras presentó la laureada ‘La cabra’, quiere revalidar dichas cotas empezando con una versión de ‘Fedra’ de Juan Mayorga, estará en cartel hasta del 28 de octubre desde el 7 de septiembre. Contará así mismo con la presencia de Manuel de Blas en ‘El sí de las niñas’ para continuar con Calixto Bieito, ‘Los persas’. Ver resto de la programación.
El Teatro Abadía apuesta sobre seguro y reestrena ‘Play Strinberg’.
Apuntan en su páginasobre la presente temporada:
‘Quien se desplaza posee inquietud y eso es siempre positivo. Este año pasarán por La Abadía varios artistas que han nacido en un país y que, movidos por distintos impulsos, se han asentado en otro diferente. Los montajes que presentaremos están poblados de personajes que cruzan fronteras en busca de la verdad, de la felicidad, o a veces ignorando qué buscan’
El resto de la programación está accesible en su página.
El Centro Cultural de la Villa sorprende en su inicio con la actriz Blanca Portillo y el director esloveno Tomaz Pandur y su 'Barroco', que en palabras de Rosana Torres:
‘La obra se llama Barroco y ha sido escrita por el propio Pandur y por Darko Lukic, basándose en dos textos muy conocidos: Las amistades Peligrosas, de Choderlos de Laclos, y Cuarteto, de Heiner Müller.
[...]Esta propuesta de Pandur se sitúa en un espacio que se supone anterior a la Revolución Francesa. "La historia completa del mundo occidental en un refugio, la víspera del cataclismo del Gran Cambio. Fuera, el mundo se va cuarteando, dentro, la seda se va agrietando a golpes de miedo y de belleza. Muy pronto nada volverá a ser lo mismo", dice Pandur. Y añade: "En la obra, el exterior y el interior se transformarán definitivamente en dos universos remotos, en tanto que la existencia humana se tornará en un viaje eterno en busca de un punto de encuentro".’
Programación del CCV.
Por si esto no fuera suficiente contamos con la oferta de la Red deTeatros Alternativos que siempre aguardan con alguna grata sorpresa para los espectadores, sirva como ejemplo el ‘Esperando a Godot’ del Teatro de la puerta estrecha (ver página). Mencionar también Cuarta pared, Sala Triángulo, Teatro Pradillo, etc.
La elección de unos y otros teatros y obras por arbitraria es más interesante, ya que sólo quiere ser un punto de partida que habrá de completarse con sorpresas y decepciones que, a buen seguro, tendrán lugar al cabo del año.
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11 Septiembre 2007
"Pienso, luego soy, dijo el hombre famoso. Los árboles de mi jardín son, pero no creo que piensen, con lo que se demuestra que el señor Renato no estaba en su sano juicio y que lo mismo sucede con otros seres: mi suegro, por ejemplo, es y no piensa, o mi editor, que piensa y no es. Y si lo ponemos al revés, tampoco es cierto. No existo porque pienso ni pienso porque existo. Pensar es cierto, existir es un mito. Yo no existo, sobrevivo, vivir –lo que se dice vivir- sólo los que no piensan. Los que se ponen a pensar no viven. La injusticia es demasiado evidente. Bastaría pensar para suicidarse. No, don Descartes: vivo, luego no pienso; si pensara, no viviría. Hasta se podría hacer un bonito soneto: Pienso luego no vivo, si viviera no pensara, señor... etc., etc. Si para vivir se necesitara pensar, estábamos lucidos. Pero, en fin, si ustedes están convencidos de que así es, soy inocente, totalmente inocente, ya que no pienso ni quiero pensar. Luego si no pienso, no soy, y si no soy, ¿cómo voy a ser responsable de esa muerte?"
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10 Septiembre 2007
Versión: Juan Mayorga.
Dirección: José Carlos Plaza.
Elenco: Ana Belén, Alicia Hermida, Fran Perea, Chema Muñoz, Javier Ruiz de Alegría y Daniel Esparza.
Teatro Bellas Artes, de 7 de septiembre a 28 de octubre.
Arranca la temporada y lo hace de manera irregular. Ya me duele, ya. Más que dolido es frustrado lo que me encuentro, -¡y desganado!-. No en vano quise ir al Grec o al Festival de Mérida para ver este mismo montaje, afortunadamente no lo hice y tuve ocasión de ver la adaptación de Rígola de 2666 del chileno Roberto Bolaño. Aunque, para mi sorpresa, la obra fue del agrado del público, la mitad del patio de butacas aproximadamente en pie aclamaba a los actores entre bravos, vítores y encendidos aplausos, lo que para mi no había sido sino un despropósito.
Qué, por qué digo que fue un despropósito. No fueron, no, las cuatro llamadas telefónicas que tuvieron lugar durante la representación, de veras me hubiera levantado y torteado a los susodichos; tampoco las dos personas que se levantaron durante la representación, -aguas menores imagino-, para luego volver a entrar; tampoco la broma socarrona de un gracioso con sus ronquidos y, finalmente, estos sí, verdaderos, no ronquidos pero sí profundas espiraciones de alguien echándose la siesta.
La versión de Mayorga más que sencilla, simple, deja desnudos a los actores. La trama requiere de una intensidad tal, de una escucha, que de lo contrario queda desmembrada, muerta, el texto no tiene volumen alguno, sí en lo intelectual, no en lo vivenciado.
Es desde un primer momento que uno se siente engañado, la confesión de Fedra a Enone, no casan sus palabras, el texto y la compostura, la presencia, la energía precisa. La emoción era la misma que pondría un frutero, dicho con todo el respeto del mundo, para despachar dos kilos de patatas, es así cuando un cuchillo en manos de Fedra es poco menos que un chupa chups para Enone.
La escenografía ya no minimalista sino ridícula no sirve en nada al propósito del texto cuando un simple cuchillo se convierte en un problema, -¿dónde está el cuchillo? En la esquina, en el rincón-. Los exiguos elementos no sirven para hacer entrar en la trama al espectador. No olvidemos que el teatro es una ficción, gente que cree, sobre el escenario (los actores), y gente que quiere creer, el público, es una ilusión la que se produce, una ilusión de la que cualquier elemento por pequeño que sea puede sacarte.
Una trama sin transición, sin modulación alguna de la emoción, estas personas sobre el escenario decían sentir, decían amar, odiar... pasan sin solución de continuidad de un teórico clímax al café con leche, por favor, Fedra ante el rechazo de Hipólito. No puedes decir ver en los ojos de nadie una emoción o sentimiento si ni siquiera los estás mirando, es inaudito. Cuerpos agarrotados y sin pulso alguno, y que decir de Teseo... ¡valientes mitos los que pululaban por el escenario... mariposas!
Es cierto que tenía todos los reparos en ver a Ana Belén o a Fran Perea pero quise confiar en el buen hacer de Mayorga y José Carlos Plaza, fue en vano. El texto va por un sitio y los actores, -¿he dicho actores...? perdón-, por otro. No creo, de verás, que los “personajes en el escenario” transitaran una sola emoción, impostaban la voz, gritaban a lo sumo, pero en modo alguno sentían. No había emoción alguna que les moviera a hacer, recitaban, sí y nada más.
Sin entrar en cuestiones de gusto, afinidad, creo se debiera ser más exigente. Nunca en todos los años que llevo asistiendo al teatro he visto una reacción semejante y, verdaderamente, he visto “obras de arte”, y la de ayer no fue una de ellas. Es excesivo, sin hablar de la falta de respeto y educación de algunos, los menos, es verdad, que ayer asistieron como público.
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29 Agosto 2007
-No te pido que lo entiendas- él
-No puedes hablarme así, no atiendes a razón ninguna- ella
-No pretendo hacer ver que tengo razón, sólo quiero intentarlo, ¿es tan difícil de entender? Tan sólo quiero tomarme un tiempo, no pretendo dejar de trabajar.
-No es tiempo lo que reclamas, si así fuera yo misma te daría el dinero que pudieras necesitar. No eres ni remotamente consciente de lo que esto va a acarrear. Es un capricho.
-Necesito hacerlo, no puedo evitar sentir como lo hago.
Sale. Lo deja con la palabra en la boca, lo deja con el estómago vacío y, lo que es peor, un eco que nada apagará. Es extraño, no es ese el modo en que se comporta normalmente, acostumbra a mostrarse más dialogante. Es entonces que el frío del piso, en contacto con los pies desnudos, se hace más agudo, el olor del café acre, la luz matinal débil. Es entonces que, agarrotado, extraño, se deja caer en la silla de cocina.
Del pasillo provienen pasos firmes y apresurados que se detienen en el armario, un abrigo o prenda cualquiera, las llaves, la puerta que se abre y un portazo.
La posibilidad de que pueda no haber sopesado las opciones. Más importante, de haber roto, de haber quebrado la confianza le llevan de súbito a ver miedos y amenazas que antes no sentía. Descolocado, trata de resguardarse, parapetarse sobre sí mismo, como si eso bastara para asentarse.
El eco vacío se repite en las sienes, en la boca, los ojos, al cerrarlos, al beber.
Trata de serenarse, de retroceder, de volver a sus razones, las que le llevaron a hacerlo. Se convence y avanza, punto por punto, hasta ese momento, ese en que ha caído y se ha roto. Retrocede, avanza... retrocede. Escucha una y otra vez su voz, no tanto sus motivos, la suya es una única discusión, iniciada el día que se conocieron y que no tendrá fin, no importan los motivos y sí la modulación de la voz.
Acaso no sabe hacer ver sus razones, se pregunta, acaso no es claro. Afecta, daña, a alguien su decisión. Es acaso egoísta. No, es ingenuo, es torpe, es sencillo. Es...
Arder en el agua
Ahogarse en el fuego (*)
--
(*) Título del libro de poemas de Charles Bukowski que, además, venía muy a cuento. Editorial: La poesía, señor hidalgo
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28 Agosto 2007
Estoy cansado, cansado de los manifiestos, de las despedidas, de los legados. Decepcionado por las ilusiones últimas, por las conclusiones al cabo de una vida, de lo que está bien, de lo que no lo está tanto, de lo que hubiera hecho si las cosas hubieran resultado de otro modo. Hay algo, y digo bien, hablo de algo por indeterminado, dentro de uno que le impulsa ha tomar unas y no otras decisiones, a pesar de resultar no equívocas, no, pero sí arbitrarias, ilusión de poder y libertad.
Frustrado, sí, por lo pobres que resultan, porque sólo cobran sentido en el mismo instante que son escritos, ni antes, ni después, y tan sólo porque uno está imbuido por la proximidad del vacío que, lleva a magnificar lo que no ha sido sino una sucesión de días, impresos en la memoria algunos, amasijo de neuronas, aliento esquivo, mecánica caprichosa que burla un ánimo trascendente de lo que debe ser, de lo intelectual, sí.
Estoy harto.
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