Publicidad:
La Coctelera

inmaterial

¡pobre loco! ¡no sabe alimentarse de cosas terrenas! la angustia que le devora le empuja hacia los espacios y conoce a medias su demencia

15 Octubre 2007

Gesto íntimo

No reparé en el porqué sino hasta que hubo finalizado la representación. Algo en su complexión llamó mi atención en el vestíbulo, no sabría explicar qué, tampoco había diferencia alguna con tantas otras personas, desconocidas, que allí nos encontrábamos, ningún motivo especial. Permanecía de pie, el brazo izquierdo en ángulo recto soportando el derecho, que descansaba sobre la palma y se cruzaba sobre el torso. El gesto de medio lado, atento, despierto, los ojos abiertos en un vaivén que evita miradas directas. Cargaba el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda, un poco más atrasada que la derecha. Estaba acompañada, ella, más joven, ojeaba un programa que desgranaba brevemente, a saltos, más para sí, pensando en alto, diría.

El exterior del teatro, la fachada, no permitía adivinar el espacio interior; amplio, ambiguo. Uno no sabía muy bien si se encontraba en la recepción de un hotel, en una estación de ferrocarril o en la sala de espera de un ministerio. El murmullo reinante, siempre distinto, anticipa lo que será la representación. El carácter del público queda impreso en el rumor, conversaciones informes, guturales de unos asistentes fríos, en ocasiones, propensos al aplauso, otras, despreocupados, etc.

Al contrario que tantas otras veces no prestaba tanto atención a lo que había de suceder a continuación sino a lo que había alrededor. Normalmente he leído alguna crítica, sino la obra, y me aventuro a predecir lo que podremos encontrar. Estaba fuera, mi disposición no era la mejor, aunque bien mirado serían un par de horas que podría permanecer distraído.

El desfile en el patio de butacas normalmente me irrita, rompe mi atención y no me permite concentrarme como quisiera. Entonces, sin embargo, era una distracción, dos mujeres mayores que necesitan que me levante para acceder a las butacas contiguas y a las que vengo oyendo desde la entrada. Una pareja, él, aburrido, ella lee la sinopsis, ninguno de los dos presta mucha atención al otro. Un chaval que hace algunas anotaciones como si del salón de su casa se tratara. Un último timbre de un teléfono que se apaga y... Ella. Está delante de mí, con las entradas en la mano, buscando el número de los asientos en los que se han de sentar. Su acompañante, más joven, le cede el asiento con mejor visibilidad, rehúsa... Accede finalmente. Se apagan las luces. Tiene comienzo la representación.

Pasan los minutos, el diálogo. Es texto, sólo texto, sin emoción alguna, plano. El asiento me resulta incómodo. Reparo en el fondo del escenario, veo los focos, los engranajes, el artificio que hace posible la representación. Estoy a los rumores, alguno; las toses, el papel de los caramelos. Cierto aspaviento, a mi pesar, es apreciable por mi compañera que me recrimina livianamente.

El marco de las butacas delimita una mínima abertura por la que, con cierta privacidad, observar a los espectadores colindantes. Lo inusual de la sala, en U, me permite ver, arropado en la sombra, las expresiones, las reacciones. El contraste de claroscuro, las butacas, los rostros, sobre los que recae apenas tenue la luz dibujan el perfil nocturno de una ciudad por conocer.

Ella, la mano, la mujer del vestíbulo, está en la diagonal. Su mano derecha bajo la clavícula izquierda dibuja círculos con el dedo corazón. Su pose, vista al trasluz cobra una intimidad singular; la atención, lo distraído del gesto, de los que me hace partícipe me aturden, me abstraen. Sigo sin saber por qué.

La vista, la que debiera mantener en la representación, está en sus manos, está en la línea del escote, en el recorrido de la mano.

No, no la conozco. Observarla en la oscuridad me hace sentir un intruso. El gesto, delator, es el ojo de la cerradura de una puerta maciza e infranqueable por el que conocer la verdad. Los dedos a un tiempo tapan, a un tiempo descubren, un punto en su piel, sobre el pecho, bajo la clavícula.

¡Vergüenza! Pudor. Me sorprendo al descubrir en el recorrido de la mano. Es un coqueteo entre lo público y lo íntimo, una mano pura que corta el aire toma lo preciso y vuelve a su ser. Es un gesto caprichoso e indiferente el de la mano. Es atractiva en lo superficial, hermosa, es bajo esta luz que cobran sentido la expresión, los ojos huidizos, la musculatura tensa de los hombros, una postura un tanto forzada. No hubiera reparado de otra manera. En verdad, resulta atractiva; cierta indefensión, determinación y desnudez en sus maneras. Quién hubiera podido permanecer tan atento; quién, tan próximo; quién hubiera reparado más allá de sus rasgos, de sus andares, de su habla... Quién podría conocer la verdad íntima. Ella; dueña, soberana, sirvienta, esclava de un único imperio.

Quién conoce a nadie, me pregunto. Uno; momentos antes de dormir, al cerrar los ojos, indefenso ante sí mismo, el tiempo, poco, hasta que cae dormido.

El rubor al interferir en la intimidad ajena es tal que evito mirar, lo que no impide que venga a mi la imagen de sus manos, sus dedos entorno al escote. Dibuja un círculo. Reiteradamente. Siempre en el mismo punto. Las yemas de los dedos hacen el mismo recorrido, el de el margen de una herida, una verruga, una que aglutina toda la vergüenza, un mal. Mal, con el que todos convivimos y que guardamos sólo para nosotros, sepultado sobre decenas de metros, de epidermis, de polvo, de impulsos nerviosos.

Es ella, la que siempre ha sido, la que no quería ver. Froto mis manos sobre la pernera del pantalón procurando un mecanismo que me traiga de vuelta, un hormigueo, el tacto. Me agarra un inmenso azoramiento, una compasión sin límite; por ella, por nosotros, por mí. Confundido, quién habría de verme; quién, conocerme... ¡Aplausos!

Vuelve la luz, que irrita los ojos momentáneamente, y con ella una cálida impostura, cierto alborozo. Como el niño inocente que ha visto al padre joder a su madre busco sus ojos, la verruga, queriendo a un tiempo mirar, a un tiempo ser observado.

servido por nachodigital 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

sergio edgardo malfe

sergio edgardo malfe dijo

Nacho: [Me conmovió saber que tu relator la ha visto en ese teatro. Ella busca cobrar una deuda originaria, siempre. Con sus gestos significa sólo para sus elegidos el reclamo oculto. Los arrebatos de idealización que sabe provocar, enmascaran el propósito de dos rostros del cual es dueña y esclava. Cuando ella mire al relator, con sus ojos de lechuza, él lo sabrá; como yo fuí de saberlo. ¡Buenaventura fatal que puede elevar al pobre hombre al llanto y dolor del conocimiento y a esa entrega feliz y total, la que Ella cobra!. Y yo que la he vuelto a ver, por los ojos de tu relator, ya sé que recibí el último consuelo vicario de ese encanto de Ella. Sus baterías están ahí ubicadas, bajo una cubierta que abre desde su "clavícula".] Que estés, mira Nacho, pero requetebien.

19 Octubre 2007 | 11:02 PM

Los comentarios están cerrados


Sobre mí

Avatar de nachodigital

inmaterial

Madrid, España
ver perfil »
contacto »
-yo creo que te comprendo – dijo la maga, acariciándole el pelo -. vos buscás algo que no sabés lo que es. yo también y tampoco sé lo que es. pero son dos cosas diferentes. eso que hablaban la otra noche… sí, vos sos más bien un mondrian y yo un vieira da silva.

Fotos

nachodigital todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera