Carta de una desconocida
Se le cayó de entre las manos. Me separaban de ella unos tres metros de distancia. Levanté la voz para llamar su atención, traté de recogerlo pero fue suficiente agacharme, cogerlo y levantar la cabeza para perderla de vista. Tampoco hubiera podido reconocerla de haber coincidido con ella, la vi entre los viandantes. Llevaba un abrigo marrón, pelo largo, castaño, suelto.
Ligeramente desbaratado detengo la marcha y observo el sobre que con apenas atención había recogido del suelo. Manteniéndolo en vilo lo giro sobre su eje para observar una y otra cara, pero no hay nada escrito, el sobre está abierto, mordido, roto tras meter el dedo por una hendidura. En su interior hay una fotografía y unas hojas dobladas, al menos eso es lo que puede verse a simple vista. Sin pensarlo mucho llevo la mano al bolsillo interior de la chaqueta y lo guardo.
Qué tiempo no habrá pasado. Que el sol calienta un poco más cada día y viene arañando unos minutos a la noche cada día. El sobre en lo profundo de un bolsillo, como el paquete de chicles, como el pañuelo, ha quedado olvidado en uno de los armarios de invierno.
Meses más tarde.
-Este chaquetón deberías tirarlo, tienes que renovarte- ella, en ropa interior, cepillando el traje de chaqueta que se ha de poner. Están frente al armario de la habitación principal.
-Cuál. Le tengo cariño, y sí, tiene, mucho tiempo, pero precisamente por eso no puedo desprenderme de el- él. –Además, yo lo veo bien- entre tanto se sube la cremallera del pantalón, se mete la camisa por dentro mientras echa una mirada distraída al espejo interior de una de las puertas.
Entre una de tantas chaquetas, trajes, camisas y pantalones el sobre mantiene su existencia irreal, al margen de la conciencia y del tiempo.
Ella y él se han despedido en el portal con un beso que sabe a madrugada fría, a dejar el calor de las sábanas, el cuerpo del otro. Ella en una dirección y él en otra. El camino que hace, más o menos el mismo, calle arriba por las mañanas, calle abajo por las tardes, lo recorre anticipando el que será un día más de trabajo, un día menos según se mire. Sólo algún día varía el itinerario y es por fuerza mayor, no quiere sino llegar lo antes posible a la oficina. No sabe que esa noche, cuando vuelva, ella le necesitará.
Ese mismo día unas horas más tarde. La puerta de casa se abre, entra ella mientras habla por teléfono. Su tono es fuerte, bronco.
-Cómo, ha podido hacerme esto después del tiempo que llevo trabajando para él, catorce años... – escucha.- Catorce, sí... Hijo de la gran puta. El muy cabrón me ha invitado a tomar un pincho a media mañana para decírmelo y que no le montara el pollo.
-Sí, sí.
-Se lo diré, sí...- escucha. Ha dejado el bolso en el mueble de cajones que hay a la entrada junto al perchero, cuelga la chaqueta del traje y se dirige al salón retira la cortina y se apoya en contra el marco de la ventana para, desde allí, observar la calle.
-No, no te preocupes...
-Sí, ya estoy más serena. Gracias, eh.
-Bueno, ahora te dejo que quiero darme una ducha caliente y sentar un poco las ideas.
Sin mucho aspaviento, se dirige a la habitación. Se desviste, se ha sentado en la cama para desanudarse los zapatos. Le tranquiliza observar el orden del armario, de chaquetas, camisas y pantalones arriba, cajones abajo, el zapatero a la derecha, la temperatura, los colores. La ropa así dispuesta diluye la presencia de la persona, parece algo impropio, ajeno, son las prendas, una por una las que tienen ese poder evocador, coge una chaqueta de él, la cierra sobre si, cogiendo las solapas. Qué hay en el bolsillo.
Dentro hay una carta escrita de puño y letra y una fotografía en blanco y negro, una imagen desencuadrada, tomada muy cerca de la cara de una mujer, parte del mentón, los labios y la nariz es lo único que se puede apreciar. La foto ha sido tomada desde el ángulo en que sólo una persona muy cercana puede haber llegado. Los labios sonríen mostrando los dientes ligeramente, sin contención.
«Hola,
Soy esa persona que no encuentra las palabras adecuadas cuando la tienes delante, muchas veces torpe, muchas ingenua; la que encuentra extrañas o ajenas tantas cosas familiares y cotidianas; la que sabe de cosas etéreas y lejanas, ilusorias, es por eso que sólo sé compartir lo que tengo, ilusiones, lo que soy; la que está abocada a un paso incierto; la que tubo de refugiarse en mínimas certidumbres, palpables, cercanas. Una caricia. Un rayo de sol que, se abre paso entre las nubes, para venir sobre la piel. Una conversación. Un sabor que la lengua paladea e inunda al cuerpo. Una sintonía, un compás que es mi cuerpo.
La que fue olvidada y enterrada en el tiempo, que a mi y a tantos nos ha dejado atrás, nunca lo pensé. La que hubo dedejarse ir y me trajo, ahora, hasta ti. Un beso»
Cae la tarde. La puerta se abre y la saca del mutismo en que había quedado. Es él. Ella se dirige a la puerta y sin mediar palabra le echa los brazos al cuello. Se aferra, le estrecha entre sus brazos, y permanece así, sin hacer nada, sólo lo abraza.



sergio edgardo malfe dijo
Para mi está muy bueno, Nacho. La fugacidad de la mujer en la calle que deja la carta caer, la vividez del sentimiento ante el placard y la ropa, la carta misma, ... está muy bueno. Hay algunas líneas que me desenfocaron un poco. Te cuento una: ¿montar el pollo?. Pero que bien vive este escrito y la gente vive en el. Hasta Luego.
6 Octubre 2007 | 09:18 AM