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La Coctelera

inmaterial

¡pobre loco! ¡no sabe alimentarse de cosas terrenas! la angustia que le devora le empuja hacia los espacios y conoce a medias su demencia

2 Octubre 2007

Tocan a muerto

Escena primera
Un hombre se lanza contra otro, forcejean violentamente, el primero, el agresor tras vencerse, es golpeado violentamente, su defensa es débil, más verbal que formal. El estrépito atrae a dos hombres que sin mediar palabra lo inmovilizan y golpean brutalmente, uno de ellos, preso, como él, sobre la boca del estómago, certero y mortal, lo arruga, lo dobla. Cae. Los vigilantes, que no han participado, y los agresores se retiran parsimoniosamente.

Escena segunda
Desciende la luz, se mantiene lo suficiente como para que podamos verle levantar. Se vuelve hacia nosotros, magullado y ensangrentado. Dice así:

“Me ha roto, ha acabado... Ninguno de ustedes sabe los motivos por los que lo he hecho, ninguno de ustedes puede ponerse en mi lugar o saber cómo he llegado a este punto.

Fui condenado. A muerte. Tuve un juicio justo, mi abogado, gente de principios, un juez, el fiscal y un jurado, me encontraron culpable. Probablemente lo sea, sí. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo, las pruebas presentadas no dejaban lugar a dudas, la maté, y lo hice de forma abominable, alevosa (palabras estas que aprendí en el juicio), vil, ruin, ¡enferma…? No, no voy a decirles aquello de la sociedad enferma. Era absolutamente consciente de lo que hacía. La maté, sí, pero ¿Era verdaderamente importante que la hubiera matado o que me encontraran culpable? ¿He de morir por ello? ¿El que muera y lo haga de esta forma le traerá paz a ella? ¿Y a ustedes? Ya antes de que hubieran pronunciado sentencia yo estaba condenado, la expresión del jurado al oír los pormenores de la muerte eran suficientes para buscar un culpable y, desembarazarse de la pena, de la amenaza, quién puede vivir con ella.

Me dirán, que era consciente, que soy culpable, que he de pagar. Sí, les digo yo, pero se lo vuelvo a repetir no saben cómo he llegado a este punto o cómo me siento. Tampoco es importante, estoy muerto. Muerto por la gracia del estado.

Seguro se preguntarán si estoy arrepentido, pero créanme no estoy preparado para responder, aún no.

Hace doscientos noventa y ocho días que fue dictada sentencia, pena capital, pena de muerte, estoy seguro de que no son conscientes del significado de esas tres sencillas palabras. Tiempo he tenido para paladearlas, para rumiarlas uno tras otro, para digerirlas, devolverlas incluso. Pena de muerte, un bocado acre, un olor a habitación cerrada durante años, pena, una aflicción, una tristeza honda... Lástima de muerte.

¡Atención! Ustedes, yo, todos, podemos morir. Yo sé lo que es eso, morir, muero lenta pero inexorablemente, empecé a morir el día en que puse un pie en este corredor. Morir y matar, arrebatarle su tiempo a otra persona, nunca lo sabrán, no han matado a nadie, no han visto sucias sus manos. Es una pena, me apena, nos apena, nos sentimos apenados ante la proximidad de la muerte; la hemos desterrado, ocultado, por temor, por ambición ¡Viviremos mil años! La muerte no existe, si no la vemos no existe, si no la ejecutamos no existe. A diferencia de ustedes para mi no hay incertidumbre alguna, sé el día y la hora en que iba a morir. Esta, bueno, muerte administrativa, legal, precisa y proporcionada... civilizada en una palabra que estaba por venir ya no tendrá lugar. Se la he arrebatado.

Es por eso que lo hice, me lancé contra él, le sabía brutal y capaz. No es el “tormento” de las voces de Anna, no, sus súplicas cuando la maté, a medida que pasa el tiempo lo he ido olvidando. Ese es mi destino, ser olvidado. Supe que ese tipo me vencería sin gran dificultad, no vacilaría a la hora de matarme. No lo conocía, ¡Bah...! No se apuren, seguro habrá alguna razón, algo por lo que hubiera de pagar. Una barbaridad, dicen, su opinión ha de cambiar si les digo que está aquí, conmigo, en el corredor, ya pueden imaginar porqué. Me lancé contra él y bueno, ya saben lo que pasó.

¡Que liberación, Señor! Lo he meditado varios días, esos hijos de puta no me iban a matar como a un perro, no les concedería ese capricho. Lo he meditado pero por más que lo pensaba no encontraba la manera de hacerlo, no había forma adecuada de hacerlo. Más de uno entre ustedes quisiera verme pendiente de una soga, alguno incluso estaría dispuesto a ayudarme, a darme un empujoncito, ¿verdad? Es humano.

Lo hice sin embargo el día en que no me lo propuse, fue fortuito, fue accidental, fue eléctrico. Me di la vuelta y me fui contra él. Me dije, ya está, todo ha terminado, no habrá más padecimiento, ni el mío propio, ni el de Anna, mi víctima. Se han terminado el silencio y la soledad, y la espera. No había tiempo que perder.

Viéndome ahora, tal cual, aquí; agredido, calmado, resulta incomprensible, imposible saberme capaz de lo que hice. Es otra persona, es un recuerdo ajeno, de otra persona que se ensañó con esta otra, Anna, mi querida Anna. No era yo, era otra persona. Eso me permite, nos permite, seguir adelante. Ninguno de ustedes se ha visto en la situación en la que yo me he visto, pero eso no es importante, yo estoy aquí y ustedes no lo están. Dirán, nunca hubiera reaccionado igual, quizá no, quizá sí. No trato de justificarlo, cuando lo hice estaba ciego, sordo, no lo pensaba, es como un dolor, uno no lo piensa, lo siente, y sería capaz de cualquier cosa con tal de calmarlo. Es un acto involuntario, no hay que pensarlo, de hacerlo nunca encuentra uno el momento, es un dejarse ir.

Soy violento, sí, violento y brutal, y no merecía morir como un perro, no merecía esta muerte limpia, aséptica y formal. De veras he soñado con aferrarme a los brazos de mi verdugo, las manos sudorosas que se cierran sobre mi cuello. Necesito sus ojos clavados en los míos, necesito su aliento sobre el mío, que huele a miedo y saber como la vida se me va entre sus manos. Pero, no. No esta muerte burocrática, técnica, limpia. Qué clase de práctica impía es esta, que clase de orden es el que sustenta esta creencia, esa que trata, ya no a mí, sino a todos y cada uno de nosotros como si nada fuéramos, como si de un expediente se tratara, quién aplica y dispone. Me pregunto además, ¿es esta la suma de nuestras voluntades?, ¿es esto lo que quieren, muerte civil, muerte burocrática?, ¿cómo legitiman esta muerte, este vaciado? Porque eso es lo que hacen, legitiman algo que no tiene legitimación alguna, y lo hacen en aras del orden, del cuidado, de la sociedad, de la moral. No me miréis así, no quiero compasión, comprensión, sólo quiero pudrirme aquí el tiempo que resta. ¡Me están desollando vivo!

No me iba a dejar anular. Denme mi último esfuerzo, denme mis últimos instantes y no una sucesión de días muertos, denme el miedo a morir, me pertenece, no esta anulación, esta cosificación, esta barbarie. Sé de lo que hablo ¡Yo soy el bárbaro, ustedes los civilizados! Son ustedes que hablan de cuidados médicos, alimenticios, atenciones todas para morir mejor. Quiero el pulso acelerado, la adrenalina, no saber que está pasando hasta que un último suspiro me anuncie la muerte, una, humana, cansada, vital y no como deshecho.

Morir, sí, hubiera podido morir. De pena. No espero que lo comprendan, tampoco yo sé, cómo o por qué, tan sólo esperaba que no me supusiera una tortura, un vaciado. Lo merezco, me pregunto, merezco vuestro respeto, probablemente, no, empezando por el mío propio que perdí no se dónde ni cómo, quizá no hubiera nada que lamentar si me hubiera tenido respeto, si me hubiera guardado respeto. Pero morir, así, de pena, a manos de una administración, de algo inanimado, sin sentimiento ninguno, tratado no como una persona sino como objeto, como ganado. Pero, ¡Por Dios... No lo ven! Tratan mejor a sus animales, a sus mascotas.

Sí, soy culpable, merezco un castigo. Merezco la pena. Contra qué me he de enfrentar, contra quién. Cuál es tu cara ¡Muéstrate miserable! Cuál es tu rostro, cuál tu ánimo. Estoy sujeto de pies y manos; quieren que lo esté de conciencia, estrechan los grilletes de la pena sobre mi conciencia, se impone saber que no habrá nada más allá del espacio de los grilletes.

Quién eres tú, qué puedes contra los hombres. ¡Dispara miserable! Hazlo ahora, ante todos estos testigos pero, no, así, no, no me dejes languidecer entre los estrechos márgenes de los grilletes, no me dejéis morir de pena, de dolor.

¡Matadme!, ¡Ahora!, Por favor.”

servido por nachodigital 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

sergio edgardo malfe

sergio edgardo malfe dijo

ex cursus acerca secreto en caja.- se puede ver allá - aquí fragmento - yo de pausa - saludos -
"Ahora se han retirado. Descansan. No me han dicho nada. Usted sabe el secreto, yo no. De todas maneras, ni bien me entere de algo se lo comunico. Ahora múestreme las manos... No hay tierra bajo las uñas,"...

4 Octubre 2007 | 01:12 AM

sergio edgardo malfe

sergio edgardo malfe dijo

Eres un "mar de preguntas", blogspot com. Y estás por "perder
los nervios". Claro está que no habías puesto candado a tu
identidad. Es el riesgo por identificarte en tu convivir. Ya no
habrá deslices. Al desvanecimiento lo puedes consolidar y
guardarlo en nuevo cofre propio. Más seguro aún: convendría
que idees como mudarte al cofre tú mismo. Te dije soy un mero
peldaño en la atención para la rastra de los guanacos de arena.
Y en el caso de que las piedras no te hayan agradado -cierto que son piedras con bastantes años-, aplica un formulario de reclamación. Llévalo al salir. Ya es la hora. Va a pasar el bote con ellos. Comprende que está en toda mi voluntad aliviarte de lo inconfesable. También yo me tengo que preparar para eso. Y es necesario que consulte lo que dice nachodigital. Pon atención a lo que hiciere la escalera cuando vuelvas; puede que no te traiga aquí, sino a ninguna parte. Anda con cuidado.

4 Octubre 2007 | 09:12 PM

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-yo creo que te comprendo – dijo la maga, acariciándole el pelo -. vos buscás algo que no sabés lo que es. yo también y tampoco sé lo que es. pero son dos cosas diferentes. eso que hablaban la otra noche… sí, vos sos más bien un mondrian y yo un vieira da silva.

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