Sobre "La nuit just avant les forets", de Koltès, versión de Sergi Belbel (De noche justo antes de los bosques) escribe Marcos Ordóñez en El País una interesante crítica. No, no he tenido ocasión de verla pero lean y entenderán porque, permite en parte hacerse una idea de lo que pudo ser, dicho con sentimiento de pérdida, se ha perdido. El artículo puede consultarse de forma íntegra en el siguiente enlace. Quizá como dice el Sr.Ordóñez tengamos ocasión de verla ante las peticiones de los programadores, ¡Ojalá! Ahí va entre tanto:

"Se trocea y encarna en seis voces, seis grandes voces, seis actorazos. Por orden de aparición: Pere Arquillué, Andreu Benito, David Selvas (que sustituye a Lluís Homar), Josep Maria Pou, Jordi Bosch y Francesc Orella[...].

El protagonista de La nit es un extranjero, un paria, un hombre que escapó del yugo de la fábrica y vaga en la noche de un París ajeno y hostil. Como todos los desheredados de Koltès, se expresa en un lenguaje articuladísimo, de alto vuelo poético, todavía cercano a Céline en su angustia y su furia, pero alboreando ya la tensión genetiana entre mordisco de arroyo y majestad formal. Es decir, que ese texto no se puede dar a la carrera ni "bajar" hacia lo coloquial[...].

Lo singular del trabajo de Rigola, no sé si por azar o por cálculo, es que, obviamente, no ves a un solo hombre sino a seis, individualizados por sus narraciones [...], mostrando las diversas facetas, únicas y complementarias, de un mismo poliedro. A lo largo de esa noche errabunda conoceremos, pues, todas las caras y caretas de un solitario que camina bajo la lluvia buscando un interlocutor, un compañero, "un ángel en la mierda". Como Jerry en Historia del Zoo, sus palabras son estrategias de aproximación, fintas de defensa, recordatorios de su identidad: habla para tocar y tocarse y ser tocado.

Pere Arquillué es la voz del principio de la noche, asediado por lobos y espejos pero todavía sonriente, invitador; una voz que intenta mostrarse fuerte y segura, un hombre que dice preferir los hoteles de paso a las casas burguesas, y lavarse el pito en los aseos públicos, casi un autoestopista beat a la caza de un breve satori compartido ante dos tazas de café caliente.

Andreu Benito, en cambio, parece un viejo situacionista a la deriva, perdido en la edad de plomo y en los bares del Marais; un superviviente del 68, un personaje de Garrel que cae en la trampa de una joven y rubísima neofascista al postular una imposible Internacional de los Desheredados, una fuerza de agitación y, sobre todo, de defensa.

Le sucede en escena David Selvas, que no es un reluciente black pero lo parece, y también un hijo de Oliveira buscando a la Maga de puente en puente, y un Hamlet de suburbio que clama por una arrasadora venganza cósmica: su mano izquierda quiere empuñar la daga y en la derecha todavía hay restos de la tiza con que escribió en todas las paredes el nombre de esa Ofelia que muy probablemente flote a tales horas río abajo.

El tercer hombre es Josep Maria Pou, una súbita criatura de Bukowski o Fonollosa, bronco y alucinado de dolor y mal vino, sonámbulo en el termitero de putas y clientes de Barbès, ojeando la violencia nacida de la desesperación y el miedo de cada viernes por la noche, las zonas de sombra y peligro, los innumerables ghettos, con un fanfarroneo ("yo pego antes de preguntar") que no engaña a nadie, agotado por el desconcierto, recontándose la historia de la puta que se mató comiendo puñados de tierra del cementerio, tierra oscura y profunda, empapada de muerte, y en ese recuento intuimos que el personaje nunca ha estado más cerca de la emulación suicida, pero es sólo un relámpago antes de que doble la esquina y se aleje por Rochechouart y ocupe su espacio otro soliti ignoti con el rostro de Jordi Bosch, una voz ahora más ligera porque no tiene el peso de una historia que contar: es el momento de dejarse ir en la alta madrugada, de acogerse al breve ensueño de un poco de calma sobre la hierba y bajo los lejanos y altísimos árboles de Nicaragua, pero llega la certidumbre fríamente desesperada, todo igual, la jungla de las ciudades y la selva donde un general y sus secuaces disparan contra los hombres ocultos.

Cercano el amanecer entra Francesc Orella con el empapado abrigo de La caída y los ojos incandescentes de dolor y rabia, de infinita fatiga. Cae la máscara inicial: el vagabundo ha sido robado y deshombrado por las fieras, sólo tiene humillación y soledad, y el eco de esa ira caótica que estalló, para apagarse como una cerilla, en un andén de la estación de Clichy.

La nit just abans dels boscos es un hermoso y hondo espectáculo. Aquí nunca ha resonado Koltès tan bien dicho y sentido, pero la función resulta un punto sombrona, tonal y literalmente (¿es necesaria tanta penumbra?); todavía demasiado "educada" y solemne; demasiado tirada hacia abajo por una gravedad que no es la de la piedra atada al cuello sino la tristeza ritual, unificada y un tanto circunspecta del oratorio de lujo. Esa melancolía ha de predominar porque se trata de una voz (o voces) sin salida y no conviene, está claro, agitar los parlamentos ni precipitarse, pero yo diría que el texto pide un poco más de fisura, de electricidad. Quizás sea eso, que todavía falta un hervor en la dirección y en las palabras: un hervor de fiebre."