Fedra
Versión: Juan Mayorga.
Dirección: José Carlos Plaza.
Elenco: Ana Belén, Alicia Hermida, Fran Perea, Chema Muñoz, Javier Ruiz de Alegría y Daniel Esparza.
Teatro Bellas Artes, de 7 de septiembre a 28 de octubre.
Arranca la temporada y lo hace de manera irregular. Ya me duele, ya. Más que dolido es frustrado lo que me encuentro, -¡y desganado!-. No en vano quise ir al Grec o al Festival de Mérida para ver este mismo montaje, afortunadamente no lo hice y tuve ocasión de ver la adaptación de Rígola de 2666 del chileno Roberto Bolaño. Aunque, para mi sorpresa, la obra fue del agrado del público, la mitad del patio de butacas aproximadamente en pie aclamaba a los actores entre bravos, vítores y encendidos aplausos, lo que para mi no había sido sino un despropósito.
Qué, por qué digo que fue un despropósito. No fueron, no, las cuatro llamadas telefónicas que tuvieron lugar durante la representación, de veras me hubiera levantado y torteado a los susodichos; tampoco las dos personas que se levantaron durante la representación, -aguas menores imagino-, para luego volver a entrar; tampoco la broma socarrona de un gracioso con sus ronquidos y, finalmente, estos sí, verdaderos, no ronquidos pero sí profundas espiraciones de alguien echándose la siesta.
La versión de Mayorga más que sencilla, simple, deja desnudos a los actores. La trama requiere de una intensidad tal, de una escucha, que de lo contrario queda desmembrada, muerta, el texto no tiene volumen alguno, sí en lo intelectual, no en lo vivenciado.
Es desde un primer momento que uno se siente engañado, la confesión de Fedra a Enone, no casan sus palabras, el texto y la compostura, la presencia, la energía precisa. La emoción era la misma que pondría un frutero, dicho con todo el respeto del mundo, para despachar dos kilos de patatas, es así cuando un cuchillo en manos de Fedra es poco menos que un chupa chups para Enone.
La escenografía ya no minimalista sino ridícula no sirve en nada al propósito del texto cuando un simple cuchillo se convierte en un problema, -¿dónde está el cuchillo? En la esquina, en el rincón-. Los exiguos elementos no sirven para hacer entrar en la trama al espectador. No olvidemos que el teatro es una ficción, gente que cree, sobre el escenario (los actores), y gente que quiere creer, el público, es una ilusión la que se produce, una ilusión de la que cualquier elemento por pequeño que sea puede sacarte.
Una trama sin transición, sin modulación alguna de la emoción, estas personas sobre el escenario decían sentir, decían amar, odiar... pasan sin solución de continuidad de un teórico clímax al café con leche, por favor, Fedra ante el rechazo de Hipólito. No puedes decir ver en los ojos de nadie una emoción o sentimiento si ni siquiera los estás mirando, es inaudito. Cuerpos agarrotados y sin pulso alguno, y que decir de Teseo... ¡valientes mitos los que pululaban por el escenario... mariposas!
Es cierto que tenía todos los reparos en ver a Ana Belén o a Fran Perea pero quise confiar en el buen hacer de Mayorga y José Carlos Plaza, fue en vano. El texto va por un sitio y los actores, -¿he dicho actores...? perdón-, por otro. No creo, de verás, que los “personajes en el escenario” transitaran una sola emoción, impostaban la voz, gritaban a lo sumo, pero en modo alguno sentían. No había emoción alguna que les moviera a hacer, recitaban, sí y nada más.
Sin entrar en cuestiones de gusto, afinidad, creo se debiera ser más exigente. Nunca en todos los años que llevo asistiendo al teatro he visto una reacción semejante y, verdaderamente, he visto “obras de arte”, y la de ayer no fue una de ellas. Es excesivo, sin hablar de la falta de respeto y educación de algunos, los menos, es verdad, que ayer asistieron como público.
