-No te pido que lo entiendas- él
-No puedes hablarme así, no atiendes a razón ninguna- ella
-No pretendo hacer ver que tengo razón, sólo quiero intentarlo, ¿es tan difícil de entender? Tan sólo quiero tomarme un tiempo, no pretendo dejar de trabajar.
-No es tiempo lo que reclamas, si así fuera yo misma te daría el dinero que pudieras necesitar. No eres ni remotamente consciente de lo que esto va a acarrear. Es un capricho.
-Necesito hacerlo, no puedo evitar sentir como lo hago.

Sale. Lo deja con la palabra en la boca, lo deja con el estómago vacío y, lo que es peor, un eco que nada apagará. Es extraño, no es ese el modo en que se comporta normalmente, acostumbra a mostrarse más dialogante. Es entonces que el frío del piso, en contacto con los pies desnudos, se hace más agudo, el olor del café acre, la luz matinal débil. Es entonces que, agarrotado, extraño, se deja caer en la silla de cocina.

Del pasillo provienen pasos firmes y apresurados que se detienen en el armario, un abrigo o prenda cualquiera, las llaves, la puerta que se abre y un portazo.

La posibilidad de que pueda no haber sopesado las opciones. Más importante, de haber roto, de haber quebrado la confianza le llevan de súbito a ver miedos y amenazas que antes no sentía. Descolocado, trata de resguardarse, parapetarse sobre sí mismo, como si eso bastara para asentarse.

El eco vacío se repite en las sienes, en la boca, los ojos, al cerrarlos, al beber.

Trata de serenarse, de retroceder, de volver a sus razones, las que le llevaron a hacerlo. Se convence y avanza, punto por punto, hasta ese momento, ese en que ha caído y se ha roto. Retrocede, avanza... retrocede. Escucha una y otra vez su voz, no tanto sus motivos, la suya es una única discusión, iniciada el día que se conocieron y que no tendrá fin, no importan los motivos y sí la modulación de la voz.

Acaso no sabe hacer ver sus razones, se pregunta, acaso no es claro. Afecta, daña, a alguien su decisión. Es acaso egoísta. No, es ingenuo, es torpe, es sencillo. Es...
Arder en el agua
Ahogarse en el fuego
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(*) Título del libro de poemas de Charles Bukowski que, además, venía muy a cuento. Editorial: La poesía, señor hidalgo