Es una suerte de tacto, una desazón, un pulgar contra la palma que descubre un color, absorbido por el roce, por el sonido leve que provoca y aproxima a la oreja, perdido en un vaivén que le corre del estómago a la cabeza, de la cabeza a las manos y de ahí a la oreja de nuevo.

Son concavidades de los nudillos, el vello que gradualmente hacia los brazos se hace más tupido, la parte anterior, la de las muñecas, ¡abierta, más suave! Las líneas, la forma, el tamaño no son estas, no hay otra igual, qué significan esas durezas, tersas, estas cerradas, en los extremos de cada uno de los dedos.

Es un llanto, un peso en el centro del estómago, que se expande con cada respiración, que colma de aire un pecho que, como el mar, se hincha y deshincha, que no está sólo, que dentro, aquí, bajo el aire hay un tiempo, que corre, que corre, bum, bum, bum, bum... el aire, bum, bum, bum...

Es claro, es luz. Es sombra. Es luz, es color, es el pulgar que amasa la luz, es brillante, este es sucio, es como frío, este como calor. Amasa, amasa sangre, amasa tierra, amasa sombra...

Es pelo que corre, son unos que corren. Lo son. Son líneas y forma y tamaño y no son, no son el pulgar, los nudillos, la mano, son roca que corre, son corteza, son cuatro manos, son cuatro pies.

Son la mano, el bisonte. Son su tiempo que no morirá. Es el contorno rojo de la mano en la roca. Es el animal que estaba en la roca, esperando ser perfilado. Son los trazos de una mano diestra que sigue el pulso del aire, bum, bum, bum... el tacto de la roca. Son los que ya no están, como yo, que tampoco estaré, son los que vengan.

Es un tiempo y tierra. Son rastros que corren la piel.