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La Coctelera

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¡pobre loco! ¡no sabe alimentarse de cosas terrenas! la angustia que le devora le empuja hacia los espacios y conoce a medias su demencia

23 Agosto 2007

Precipitarse

“La vida no es para ser soñada. Siempre quise indagar, escribir, para encontrar la verdad, tener un sentido. La última de las pretensiones taradas es pensar que lo que escribo tiene algún valor literario, ¡dios santo! espero que no sea así. También he leído, no me he limitado a escribir, con el mismo objeto, con el mismo resultado, viene a decir Bolaño en uno de sus libros, “Los detectives salvajes”, los lectores lo único que persiguen es apuntalar sus certezas vacías... sí, o algo así. Es posible que así me entienda, soy como un puto cristal a través del cual pasan los rayos de sol, sin dejar residuo alguno.”

Entre tanto recuerdo que no dejaba el vaso, generalmente lleno de ron, hielo y coca cola como supe más tarde, esas fueron sus primeras palabras...

“Sí, quiero escribir, ¿sabe?, pero sobre qué, sobre los pequeños universos personales, sobre los sentimientos, pequeñas parcelas y rencores que todos y cada uno de nosotros atesoramos... eso no vale una mierda, hombre.”

En momentos como este se alteraba un tanto y acompañaba estas sus palabras con un mandoble en la mesa que venía a darle un mayor peso a sus razones. Los que como yo no tenían otra cosa que hacer que vagar de uno a otro sitio entre semana, cafés en mi caso, se sentían atraídos por tan singular reacción.

“Son migajas que no interesan a nadie, la vida, sí la de cada uno de vosotros...”

Se irguió y señaló, copa en mano, a los que permanecíamos en el local. Tuve que pedirle que se moderara, lo que no pareció sino extrañarle. Levantarme fue suficiente para que echara un ojo a la copa y reclamara dos nuevas consumiciones a una de las camareras, esa segunda para mí.

“No me interesa qué coño haces cuando te levantas, si has dormido bien o no, con quien, si acaso, te levantas. Qué puedes ver desde la ventana de tu habitación, si estás de buen o mal humor, si tu madre te preparaba un bocadillo para el colegio o un cruasán... me importa una mierda.”

No te ofendas, me dijo, a estas alturas y teniendo en cuenta los muchos cafés que tomo sin más, no podía estar más que expectante.

“No es personal, seguro tampoco YO procuro el más mínimo interés. Piénsalo, qué vida es la que hemos hecho, debemos tener la misma edad. Estoy seguro de que más menos hemos hecho las mismas cosas, nos han movido intereses sino idénticos, sí parejos.”

Su atención se dividía a partes iguales entre el vaso y mi persona, al que tan sólo respondía con monosílabos. Ciertamente parecía ensimismado observando la mezcla a través de la luz natural. Cerraba los ojos de tanto en tanto y parecía regodearse con el sol a su espalda.

“Podemos decir que hemos terminado por pensar como vivimos. Está bien, primera gran lección aprendida... dónde cabe refugiarse, dónde cabe dirigirse.”

Aproveché para echar un trago, no acostumbro a beber a estas horas, es pronto incluso para mi. Sin duda sabe beber, no hube probado nada igual hasta ese momento y no en vano son muchas las copas que he podido tomar, casi siempre para embriagarme, sin gusto alguno.

“Bah, estupideces, llegados a este punto resulta que no hay certidumbre alguna, que no nos quedan sino conjeturas...”

Percepciones, dije, a lo que parecía reflexionar.

“Sí, impresiones... dime, que es lo que puedes ver en mi persona, crees que coincidirá con la idea que puedo tener yo, y a la inversa. Ese, ese y no otro es el problema, quiero un suelo firme sobre el que pisar, coño.”

En este punto parecía a punto de perder la cordura, el mecanismo el mismo, se armaba con el vaso entre ambas manos que acariciaba con ambos pulgares mientras lo contemplaba y, así, tras unos instantes recobraba sino la seguridad si la calma, mejor, la ausencia de emoción.

“Además, estas, digamos, experiencias que no suscitan el más mínimo interés, por qué estamos de acuerdo, ¿no?”

Asentí con la cabeza, no tanto porque compartiera su punto de vista sino por no interrumpirle.

“Continuemos pues, estas vivencias que no son de interés, me pregunto, pueden sin embargo tener algún valor artístico, pueden tener algún valor para aquellos que nos rodean, ya no hoy, sino dentro de doscientos años. Y si se hubiera perdido, quiere decir eso que no tiene valor. Demasiadas preguntas, ¿verdad? Y ninguna satisfactoria. No, no como estás pensando, no porque sean de dudosa respuesta sino porque no son preguntas radicales, preguntas cruciales, trascendentes. Las respuestas a estas preguntas no alcanzan sino a decidir si hoy quiero filete con patatas o pasta. No son las preguntas, no son aquellas que involucran y conciernen al hombre, a la bocanada de aire, una tras otra, que nos mantiene, al deseo que siento cuando veo a la mujer que está en la barra, vengo aquí por ese y por ningún otro motivo, bueno quizá el que ya me conocen, el café no es bueno, por eso no lo tomo. No te preocupes por mí, es una visión dulcificada, complaciente de una vida vacía, qué digo vacía, en potencia.”

Hablaba de preguntas radicales, trascendentales, intervine, qué tiene que ver con lo anodino de nuestras vidas.

“Lo ves, te lo dije, filete con patatas o pasta. No lo entiendes, creí haberme visto en la brecha, en el pulso del corazón, en la esencia, en la verdad, porque el arte persigue eso, la verdad... no vagas certidumbres, es la fuerza de un río cuando cae por una pendiente, no necesita explicación, es dejarse ir, no es pensar en lo que hay que decir, tampoco pensar en cómo se ha de decir. Es precipitarse.”

Esa fue la primera vez que quise levantarme e irme. No lo hice por educación, por cortesía.

“Próximo sí, lo ves, ahí está y no es posible aproximarse, es tratar de ver el universo a través de un agujero en la pared, son esas pequeñas conjeturas individuales. Cómo, entonces, emprender camino, hechos trascendentales, no somos tanto individuos, sino...”

Parecía ir elucubrando, inventando a medida que hablaba.

“Parte de un conjunto, de la sociedad, de una estructura, son las interacciones entre unos y otros las que dominan e impulsan el devenir. Tu y yo, por ejemplo, aquí ahora, no somos tanto personas, elementos individuales, sino parte de un todo.”

Precipitadamente, echó mano al bolsillo interior de la chaqueta, tomó una cartera y algunas notas que de manera ordenada contenía e hizo diversas anotaciones. Es el momento, es el momento, es el momento, se repetía. Sin más, hablando para si, se levantó y se fue.

He vuelto alguna que otra mañana al café, la misma mesa y, ya lo saben, no he vuelto a verle, tampoco a ella, la camarera. Tiempo después creí verlo entre tantas y tantas personas en el metro, así lo creí al menos, traté de alcanzarle pero fue en vano.

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-yo creo que te comprendo – dijo la maga, acariciándole el pelo -. vos buscás algo que no sabés lo que es. yo también y tampoco sé lo que es. pero son dos cosas diferentes. eso que hablaban la otra noche… sí, vos sos más bien un mondrian y yo un vieira da silva.

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