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Qué ha quedado al término de esta temporada. Queda la verdad, instantes de verdad.
La verdad de una bailarina de striptease que no se llama Alice, y que ante los embates de Larry termina por confesar, -no, no confesar, compartir-, su nombre ante la incredulidad del mismo, uno de tantos ‘clientes’ que buscan la verdad en el agujero de su culo.
Queda la ficción descrita por Ulrika, plano a plano; las sensuales grupas de los caballos del cuerpo de caballería que desde la barandilla contempla una mujer, homicida, perpleja; aliento arrinconado a empellones por lo sórdido y desquiciado de la escena.
Quedan los motivos para levantarse una mañana más, ver despertar a aquellas personas que uno tiene cerca, que quiere, dice Idaho viendo el último sueño de Utah.
El cariño del hijo, -maricón-, por el padre, -follacabras-, el que en palabras de Billy, “cómo voy a explicarles que mi padre [Martin] está cavando un hoyo en el sótano, tan profundo que cabemos todos en él y del que no podemos salir... las personas a las que más quiero”.
La necesidad de volcarse el uno en el otro, de sincerarse, de hablar. De, en palabras del actor, Helio Pedregal, “Mi personaje [Andrei] es un hombre que quiere vivir y que convierte su fracaso en un hecho vital porque demuestra que en la oscuridad también hay placer”.
Delirantes conversaciones de dos oficinistas que dirimen sobre lo adecuado, lo oportuno, de saltar o no al vacío.
Queda un gesto, imperceptible apenas, en la comisura de los labios.
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Closer - Mujeres soñaron caballos - Idaho y Utah - La Cabra - Afterplay - Función Beckett.
