Lo encontré en la barra de la cafetería, acuclillado sobre un taburete, acodado, como estaba, sostenía una copa de coñac en la diestra y un cigarro en la otra. Esa primera vez no lo vi, claro que, cómo saber cuál fue la primera, pudo pasar mucho tiempo antes de haber advertido su presencia. Dicho lo cual bien cabría decir que fue él quien me encontró a mi.

Pude ser un gran bebedor, sabe. Sé que eso pude hacerlo bien. Así se dirigió a mi.

Tuvo que repetírmelo nuevamente. Al, de reojo, advertir que era a mi o alguien en mi dirección a quien se dirigía evité mirar. Su voz, más alta, pesada, no dejaba lugar a duda. Pude desoír sus palabras o comportarme groseramente haciendo oídos sordos. Le miré, él a mi su vez, desvaído. No dijo más, llevó la mirada al frente y no volvió a pronunciar palabra.

Tiempo después supe que llegaba hacia las siete, hora en que abrían la cafetería, Hileras, se llama, y no se iba hasta las once o doce, hora en que el sol calienta lo suficiente como para estar en la calle.

Hasta ahí no resultaba más que un encuentro extravagante entre tantas otras jornadas. Normalmente desayuno allí, la chocolatería, -además de cafetería es chocolatería, aunque lo evocador de la palabra puede llevar a engaño, no se dejen confundir, no deja de ser un local opaco y preñado de olores, en el dos personas de buena voluntad tratan de servir algo que llevarse a la boca a una clientela condescendiente y bonachona que no irá más lejos en pos de un café, un pincho, una caña o un menú. Si me extiendo es porque se hagan una idea-, está frente a mi trabajo y preparan un cruasán a la plancha bastante sabroso, eso, un zumo de naranja, café y, sí, alguna que otra conversación matutina y, podía decir que el día había comenzado, así de lunes a sábado.

Apenas transcurridas veinticuatro horas, allí estaba, sentado, prácticamente en la misma posición, altarcito entre manos, cajetilla de cigarros, copa, tapa, cenicero y mechero, que dispone en composiciones varias con sucesivos giros. Le basta un gesto extendiendo la mano para que le sirvan otra copa. Entre tanto mete la mano libre en el bolsillo de la chaqueta y coge un puñado de monedas, las seleccionaba con el índice sobre la palma abierta, deja unas monedas sobre la barra y toma la copa. Veinticuatro, cuarenta y ocho horas más tarde, no lo sé, casi al punto de no advertir su presencia vuelve a dirigirse a mi:

Usted bebe, ¿verdad?

Agustín se interrumpe cuando advierte como desvío la atención buscando a alguien a su espalda. Sumamente confundido por lo insólito del comentario le observo esperando una explicación.

Ya al salir Agustín.
-Qué te dijo... ¿Le conoces?
-No, realmente no, es la primera vez que le veo, debo recordarle a alguna persona cercana.