El hombre de teatro de Thomas Bernhard
O más fielmente “El teatrero”, como prefiere Miguel Sáenz, traductor.A pesar de lo cual me quedo con el título arriba reseñado. Al inicio del libro Miguel Sáenz destaca la opinión que ya en su día emitió el crítico Gotthard Böhn y que extracto a continuación:
“La creación poética de Bernhard ha alcanzado entretanto altas regiones, en las que el genio y la rutina descarada, la sagacidad más aguda y la idiotez pura apenas se distinguen. De lo excelso a lo bobo no hay más que un paso... Bernhard se repite, pero no hay que pedirle otra cosa, sino siempre lo mismo, siempre distinto, siempre mejor.”
Bruscón, el actor oficial, el mayor actor de todos los tiempos (título que en ocasiones obtiene a la fuerza), el que tiene conciencia de corresponder a una misión. La victima de una pasión, es un impulso vital, ya a los diecisiete, “ansioso del espíritu de lo creador”, o es un abandonarse al arte, a la más elevada compresión del arte*.
Bruscón y su Rueda de la Historia, epílogo ya no de la obra sino de la vida del actor, perdón, del artista, (“un actor con talento es como un agujero del culo en el rostro”). El valor simbólico de la obra es innegable en la vida de una persona que renuncia a favor de su arte. Cada representación, en la que se rodea de los más insignes pensadores y artistas, es la aniquilación de la humanidad, tras la cual nada sobrevive al artista.
Quién, con palabras y objetos tan elevados, no cae envilecido, amargado, esos pueblos austriacos, el día de la morcilla, la mujer... enemigos todos.
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* Tras leer la obra no puedo evitar cierto paralelismo, continuación mejor dicho, con el asunto de “El malogrado”, obra, también de Bernhard, en la que, en tono intimista y subjetivo, se nos presenta la amistad de tres virtuosos del piano y las que serán sus vidas tras conocer a Glenn Gould, genio y fin del anhelo artístico de ambos.
“lo mató la falta de soluciones en la que, durante casi cuarenta años, se metió tocando, pensé”
