“-Sabes, Momó, el hombre al que Dios no le ha revelado la vida directamente, no será un libro el que se la revele”

Un joven trata de robar una lata a los ojos atentos del árabe de la calle azul. Pudo reaccionar llamando “al orden” a uno de tantos chavales que a buen seguro lo intentaron antes que él, pudo amedrentar al joven, sin embargo, el señor Ibrahim, para sorpresa de Moisés, le invitará a robar nuevamente en su tienda y no en cualquier otra. Y no sólo eso, le invitará a sonreír, y lo hará porque es el sonreír lo que hace a uno sentirse feliz. Le invitará a observar, le invitará a perdonar, a vaciarse de odio, a entender…

-Por qué-, porque el señor Ibrahim no es árabe, es del Oriente Fértil, sufí, que quiere decir opuesto al legalismo, o lo que es lo mismo, se enfoca en la religión interior. Porque los hombres giran sobre si mismos entorno a su corazón, que es el lugar de la presencia de Dios, como rezando. Porque la calle azul no es azul. Porque la belleza está allí donde mires. Porque no es su padre pero se comporta como tal, porque el suyo, el biológico, no tenía un ejemplo a seguir, porque nunca supo su nombre, Momó, y no Moisés, nombre grandilocuente y pesado para un joven de 13 años. Porque hay razones que sólo uno entiende y conoce. Porque Momó llora por si mismo y no por el señor Ibrahim, el tuvo una buena vida

La representación a diferencia del texto se recrea en la oración, en el tekké, describe con tacto y cuidado como ha de girar uno en torno a si, “una mano al cielo, la otra en dirección a la tierra”… las palabras, los gestos le llevan a uno a girar con él. No así con un muchacho que es más hombre que muchacho, no así cuando Momó dice ver unas estrellas a través del escaparate que no creo haya visto, yo tampoco pude verlas, no pude pero…

¡Zas! sonrisa