La obra, en parte autobiográfica, trata sobre las relaciones y afectos de una familia estadounidense compuesta por cuatro miembros, dos hijos varones de entre veinte y treinta años, el padre y la madre. Trata, y es mi opinión, sobre la vulnerabilidad, sobre la imperfección de los seres humanos, sobre sus razones, sus deseos e impulsos, de su sufrimiento.

Arranca la obra como si de una estampa de Hopper se tratara, con una conversación cordial y cotidiana entre marido y mujer en el porche de una casa de campo rodeada de pastos. Es primera hora de la mañana. Unos minutos más tarde aparecen en escena los hijos de la familia. La presencia de estos otorga una mayor frescura a la conversación, amables risas propiciadas por los comentarios del menor de los hijos toman el lugar de los comentarios paternos. Punto de partida que enfatiza la distancia que se abrirá en adelante ante los espectadores.

A partir de este momento se suceden los enfrentamientos, los reproches, soterrados, mortales. La aparente tranquilidad de la que hablo en un primer momento se ve truncada por las sospechas de la madre por la incierta enfermedad del menor de sus hijos, ciertos comentarios, medias conversaciones la intranquilizan y, llevan al padre a reclamar mayor celo al mayor de los hijos para evitarle preocupaciones innecesarias. El padre no acepta la responsabilidad que el mayor de los hijos deja recaer sobre sus hombros al negarle haber hecho todo lo posible por su hermano y su madre.

Por qué entonces vivir bajo el mismo techo, por qué aceptar ese diálogo hiriente, dañino.

Una vez solos, la madre y el menor, (el padre y el mayor se han ido a trabajar), se interrogan mutuamente para conocer su estado de ánimo, su estado de salud. Ella, durante la noche ha dormido en el cuarto de invitados y es que el calor y los ronquidos le impedían hacerlo. El hijo ante estas palabras se comporta como si de una hermana pequeña se tratara y no de su madre, es entonces que ella sube al cuarto de los invitados para descansar. No, no debería le advierte, a lo que ella le espeta que se siente vigilada, se siente observada, presa, es esta acusación la que hace sentir al hijo menor como una persona ruin, desconsiderada, timorata.

Entre tanto los ausentes vuelven. Una llamada previene de la hora de la consulta del médico, -ese matasanos-. El primero en llegar, el mayor, maquinalmente pregunta por el estado del menor y por saber dónde está ella. La ha dejado sola, le reprocha.

Las preocupaciones que el padre quiere evitar le hacen parecer distante y ajeno, no es sino en una breve conversación con su mujer que deja entrever su inquietud latente, sus desvelos, el espejismo que supuso su vuelta del sanatorio. Ya se fue en una ocasión, metafóricamente hablando, como le hace ver, no sería la última. A lo que ella responde que son muchas las ocasiones que ha estado sola, en frías e impersonales habitaciones de hotel, ¡nunca han tenido un hogar! El siempre antepuso las representaciones, las borracheras, esas que nunca le han impedido subir al escenario pero sí, una caricia a tiempo, un abrazo, la sola presencia.

Los hermanos no parecen necesitar la opinión del médico, parecen adivinar la única suerte que pueden correr... Tienen la persona a la que culpar, el responsable, ni siquiera la esperanza en los exiguos conocimientos del médico de la familia, mentecato, suponen un alivio.

Ella, una vez más, sola, aguarda mientras sus dos hijos y su marido se dirigen al pueblo, es entonces que comienza su caída, la de sus hijos, la de marido, la de cada uno de ellos. No hay nada que salvar... ocultarse, ocultarse en un pasado feliz, infantil... inmaculado.

Es este, el personaje de la madre, el que más llama mi atención, -por qué-, viéndola tan sola, tan frustrada, tan pura, tan inocente... tan necesitada. Siento la necesidad de abrazarla con tanta ternura como soy capaz, sin embargo hay algo que me lo impide, al igual que a los miembros de la familia.

La madre, sus dos hijos y su marido configuran un universo familiar al alcance de la mano. Tengo la impresión de extender la mano y tocar la entraña de esta familia.

El padre, pobre de solemnidad, el que lo será siempre, el que lo será por más dinero que tenga, trata de mantener una armonía alcohólica, adusta. En varios momentos de la obra, fundamentalmente en el enfrentamiento con los hijos, este es acusado de avaricia. Actor de cierto éxito en su día, deja la profesión para ocuparse de la familia, del porvenir. Arrastra consigo las ganas de una mujer que no ve sino al actor que, resplandeciente, interpretaba su papel sobre las tablas. El que interpretara con gran reconocimiento junto a grandes figuras no atiende sino a las tierras que puede acaparar, las tierras y su familia, su familia y las tierras... las tierras. La última invención a la que asirse, él fue.

El mayor de los hijos, descreído y roto, alcohólico y orgulloso, vivaz y cruel, ha proseguido la carrera del padre hasta que su resentimiento, -no lo puede evitar-, se ha vuelto contra sí, contra todos los que le rodean, incluso su hermano, único al que dice querer.

En común, tienen en común la forma de afrontar la realidad, es decir, de no afrontarla, de evadirse, y, parece ser el menor de los hijos el que deba pagar por los errores cometidos por su familia. Hijo enfrascado en una búsqueda lastimera y trágica que le llevó a contraer una enfermedad mortal.

La enfermedad, presente a lo largo de toda la obra, no sólo se cebará con el menor de los hijos, sino con la madre, atormentada (hubo un tercer hijo), drogadicta, ha salido recientemente de un sanatorio de desintoxicación. Este aspecto, la enfermedad, es especialmente relevante ya que exige de una gran contención a cada uno de los personajes.

La escenografía y la música cobran un papel preponderante al destacar la descomposición y colapso de los personajes.

Por más que escribiera no podría reflejar la ternura que siento por cada uno de ellos. Esa, más que una opinión, es un sentimiento, y de eso hablamos, ¿no?