Estoy cansado, cansado de los manifiestos, de las despedidas, de los legados. Decepcionado por las ilusiones últimas, por las conclusiones al cabo de una vida, de lo que está bien, de lo que no lo está tanto, de lo que hubiera hecho si las cosas hubieran resultado de otro modo. Hay algo, y digo bien, hablo de algo por indeterminado, dentro de uno que le impulsa ha tomar unas y no otras decisiones, a pesar de resultar no equívocas, no, pero sí arbitrarias, ilusión de poder y libertad.
Frustrado, sí, por lo pobres que resultan, porque sólo cobran sentido en el mismo instante que son escritos, ni antes, ni después, y tan sólo porque uno está imbuido por la proximidad del vacío que, lleva a magnificar lo que no ha sido sino una sucesión de días, impresos en la memoria algunos, amasijo de neuronas, aliento esquivo, mecánica caprichosa que burla un ánimo trascendente de lo que debe ser, de lo intelectual, sí.
Estoy harto.
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Domingo, 29 de abril, tengo la oportunidad de asistir a la representación del texto de Albert Espinosa, Idaho y Utah (Nanas para nenes malitos), brillante, conmovedor, escrito desde el humor y el cariño. Una “fiesta de despedida del sueño” es el pretexto para, en la azotea de un edificio cualquiera, recuperar a personas que tuvieron que ver con los sueños de Idaho, Andreu Rifé.
Me pregunto, qué es en definitiva el teatro, es creer. Son personas dispuestas a creer, unos, sobre el escenario, creen su papel, creen en las razones de sus personajes; otros, en el patio de butacas, cerca, quieren creer. Por qué esta introducción, porque, también en el patio ocurren cosas, ni mucho menos relevantes, pero que crean un clima, a mi izquierda tengo a una persona que toma nota a mandíbula batiente (por cierto que he vuelto a coincidir con él, ayer, Splendid’s* de Genet, su inconfundible libreta le delataba), delante de mí tengo a una afamada actriz, a la derecha, los que parecen amigos o familiares de los actores, lo denota la familiaridad de sus gestos, la desenvoltura, al final de la obra así puedo corroborarlo. Actores y público, estamos allí por la obra, pero ninguna representación es igual, cada día es distinta, esa es la suerte y el arte del teatro, es un arte efímero, efímero y no exento de tragedia, y es que ¿no es trágico que una vez uno salga de ese espacio se pierda?
Es entonces que empiezo a fantasear con la idea ‘efímero.com’, porque, por qué no recoger todos aquellos eventos de carácter efímero, aquellos que de otro modo sólo perdurarán en la memoria, por qué no disponer con el tiempo de tres, cinco, cien audiciones de la obra, cada una con una propuesta artística distinta ¡Qué increíble recopilación cultural! Dónde va a parar todo ese acervo cultural ¡alguien imagina la repercusión, el legado cultural? Dice Cioran, idea que comparto en cierta medida, que la patria de uno es su lengua, ¿imaginan el número?
Me pregunto, qué hubiera sido de la música que no se grabara, qué hubiera sido de, por ejemplo, las variaciones Goldberg, Glenn Gould, me pregunto si hubiera tenido acceso a ellas de no haber sido grabadas. Y ahí están, en YouTube, un libro, El malogrado, me llevó hasta ellas.
Por qué no puedo comprar el libro a la salida, no sería preciso tenerlo impreso, cabría pedirlo bajo demanda, lo quiero con esta pasta, con este tipo de letra, con este papel; por qué no puedo escuchar la obra, por qué no puedo descargarla, es trágico ¿no?
Después de darle alguna vuelta caigo en la cuenta de que el que pudiera compartirlo es una amenaza, porque se vulnerarían los derechos de los autores. En suma, tengo que proteger los derechos de los autores para que no se divulgue ilícitamente, tengo que impedir que, si no es de la manera oficial, otras personas puedan disfrutarlo. Qué derecho ampara el que no se divulgue ese conocimiento, dónde está el equilibrio.
Cabría pensar que el público dejaría de ir al teatro, pero no lo creo, el de teatro es un público fiel, serviría a lo sumo, para que personas que a priori no van a ir, tuvieran acceso a, por ejemplo, una lectura dramatizada. Serviría para que los que ya van al teatro, tuvieran ocasión de profundizar aún más.
Cabría pensar igualmente que se dejaría de ir por la competencia que pudiera suponer, sin embargo, cabría publicar el audio de la obra una vez hubiera finalizado su representación.
Es desolador, sólo quiero leer el libro de tantas y tantas obras que me han embriagado, sólo quiero escuchar aquellas obras que por falta de tiempo o distancia no he tenido ocasión.
¿Es posible?
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* Débiles aplausos. La obra me dejó un tanto frío, el escenario impresiona pero la propuesta, ufff, una banda de yonquis metidos a secuestradores, lo de yonquis lo digo por las maneras, por la presencia, la compostura, no lo digo de manera despectiva. La fraternidad de los miembros de la banda, la libertad desde la que hablan, por cierto que me recuerda en alguna medida a la Canción del pirata de Espronceda, les lleva a tomar la decisión que nunca antes tomaron, rendirse, ellos los gansteres, y lo hacen ante el aturdimiento de un falso policía. Un texto interesante en el fondo que no me ha llegado en las maneras, atropellado y que sólo por momentos cobraba cuerpo. Quizá porque esperaba más.
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Sobre la mejora de la buena nueva. Sloterdijk
“Como Clement Greenberg ya mostró en el año 1939 –a la vista de la situación crítica emergente-, el kitsch es el lenguaje universal de la cultura de masas triunfante; se apoya en la reproducción mecánica del éxito. El pop y el kitsch son, tanto desde un punto de vista cultura como político, comportamientos y mecanismos que buscan reducir todos los posibles caminos al gusto manifestado por las masas. De este modo se dan por satisfechos con copiar los éxitos para volver a triunfar una vez más con las copias de lo que ha logrado tener éxito.”
La insoportable levedad del ser. Kundera
“...el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch.
Es una palabra alemana que nació en medio del sentimental siglo diecinueve y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.”
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