Categoría: escrito
15 Octubre 2007
No reparé en el porqué sino hasta que hubo finalizado la representación. Algo en su complexión llamó mi atención en el vestíbulo, no sabría explicar qué, tampoco había diferencia alguna con tantas otras personas, desconocidas, que allí nos encontrábamos, ningún motivo especial. Permanecía de pie, el brazo izquierdo en ángulo recto soportando el derecho, que descansaba sobre la palma y se cruzaba sobre el torso. El gesto de medio lado, atento, despierto, los ojos abiertos en un vaivén que evita miradas directas. Cargaba el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda, un poco más atrasada que la derecha. Estaba acompañada, ella, más joven, ojeaba un programa que desgranaba brevemente, a saltos, más para sí, pensando en alto, diría.
El exterior del teatro, la fachada, no permitía adivinar el espacio interior; amplio, ambiguo. Uno no sabía muy bien si se encontraba en la recepción de un hotel, en una estación de ferrocarril o en la sala de espera de un ministerio. El murmullo reinante, siempre distinto, anticipa lo que será la representación. El carácter del público queda impreso en el rumor, conversaciones informes, guturales de unos asistentes fríos, en ocasiones, propensos al aplauso, otras, despreocupados, etc.
Al contrario que tantas otras veces no prestaba tanto atención a lo que había de suceder a continuación sino a lo que había alrededor. Normalmente he leído alguna crítica, sino la obra, y me aventuro a predecir lo que podremos encontrar. Estaba fuera, mi disposición no era la mejor, aunque bien mirado serían un par de horas que podría permanecer distraído.
El desfile en el patio de butacas normalmente me irrita, rompe mi atención y no me permite concentrarme como quisiera. Entonces, sin embargo, era una distracción, dos mujeres mayores que necesitan que me levante para acceder a las butacas contiguas y a las que vengo oyendo desde la entrada. Una pareja, él, aburrido, ella lee la sinopsis, ninguno de los dos presta mucha atención al otro. Un chaval que hace algunas anotaciones como si del salón de su casa se tratara. Un último timbre de un teléfono que se apaga y... Ella. Está delante de mí, con las entradas en la mano, buscando el número de los asientos en los que se han de sentar. Su acompañante, más joven, le cede el asiento con mejor visibilidad, rehúsa... Accede finalmente. Se apagan las luces. Tiene comienzo la representación.
Pasan los minutos, el diálogo. Es texto, sólo texto, sin emoción alguna, plano. El asiento me resulta incómodo. Reparo en el fondo del escenario, veo los focos, los engranajes, el artificio que hace posible la representación. Estoy a los rumores, alguno; las toses, el papel de los caramelos. Cierto aspaviento, a mi pesar, es apreciable por mi compañera que me recrimina livianamente.
El marco de las butacas delimita una mínima abertura por la que, con cierta privacidad, observar a los espectadores colindantes. Lo inusual de la sala, en U, me permite ver, arropado en la sombra, las expresiones, las reacciones. El contraste de claroscuro, las butacas, los rostros, sobre los que recae apenas tenue la luz dibujan el perfil nocturno de una ciudad por conocer.
Ella, la mano, la mujer del vestíbulo, está en la diagonal. Su mano derecha bajo la clavícula izquierda dibuja círculos con el dedo corazón. Su pose, vista al trasluz cobra una intimidad singular; la atención, lo distraído del gesto, de los que me hace partícipe me aturden, me abstraen. Sigo sin saber por qué.
La vista, la que debiera mantener en la representación, está en sus manos, está en la línea del escote, en el recorrido de la mano.
No, no la conozco. Observarla en la oscuridad me hace sentir un intruso. El gesto, delator, es el ojo de la cerradura de una puerta maciza e infranqueable por el que conocer la verdad. Los dedos a un tiempo tapan, a un tiempo descubren, un punto en su piel, sobre el pecho, bajo la clavícula.
¡Vergüenza! Pudor. Me sorprendo al descubrir en el recorrido de la mano. Es un coqueteo entre lo público y lo íntimo, una mano pura que corta el aire toma lo preciso y vuelve a su ser. Es un gesto caprichoso e indiferente el de la mano. Es atractiva en lo superficial, hermosa, es bajo esta luz que cobran sentido la expresión, los ojos huidizos, la musculatura tensa de los hombros, una postura un tanto forzada. No hubiera reparado de otra manera. En verdad, resulta atractiva; cierta indefensión, determinación y desnudez en sus maneras. Quién hubiera podido permanecer tan atento; quién, tan próximo; quién hubiera reparado más allá de sus rasgos, de sus andares, de su habla... Quién podría conocer la verdad íntima. Ella; dueña, soberana, sirvienta, esclava de un único imperio.
Quién conoce a nadie, me pregunto. Uno; momentos antes de dormir, al cerrar los ojos, indefenso ante sí mismo, el tiempo, poco, hasta que cae dormido.
El rubor al interferir en la intimidad ajena es tal que evito mirar, lo que no impide que venga a mi la imagen de sus manos, sus dedos entorno al escote. Dibuja un círculo. Reiteradamente. Siempre en el mismo punto. Las yemas de los dedos hacen el mismo recorrido, el de el margen de una herida, una verruga, una que aglutina toda la vergüenza, un mal. Mal, con el que todos convivimos y que guardamos sólo para nosotros, sepultado sobre decenas de metros, de epidermis, de polvo, de impulsos nerviosos.
Es ella, la que siempre ha sido, la que no quería ver. Froto mis manos sobre la pernera del pantalón procurando un mecanismo que me traiga de vuelta, un hormigueo, el tacto. Me agarra un inmenso azoramiento, una compasión sin límite; por ella, por nosotros, por mí. Confundido, quién habría de verme; quién, conocerme... ¡Aplausos!
Vuelve la luz, que irrita los ojos momentáneamente, y con ella una cálida impostura, cierto alborozo. Como el niño inocente que ha visto al padre joder a su madre busco sus ojos, la verruga, queriendo a un tiempo mirar, a un tiempo ser observado.
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5 Octubre 2007
Se le cayó de entre las manos. Me separaban de ella unos tres metros de distancia. Levanté la voz para llamar su atención, traté de recogerlo pero fue suficiente agacharme, cogerlo y levantar la cabeza para perderla de vista. Tampoco hubiera podido reconocerla de haber coincidido con ella, la vi entre los viandantes. Llevaba un abrigo marrón, pelo largo, castaño, suelto.
Ligeramente desbaratado detengo la marcha y observo el sobre que con apenas atención había recogido del suelo. Manteniéndolo en vilo lo giro sobre su eje para observar una y otra cara, pero no hay nada escrito, el sobre está abierto, mordido, roto tras meter el dedo por una hendidura. En su interior hay una fotografía y unas hojas dobladas, al menos eso es lo que puede verse a simple vista. Sin pensarlo mucho llevo la mano al bolsillo interior de la chaqueta y lo guardo.
Qué tiempo no habrá pasado. Que el sol calienta un poco más cada día y viene arañando unos minutos a la noche cada día. El sobre en lo profundo de un bolsillo, como el paquete de chicles, como el pañuelo, ha quedado olvidado en uno de los armarios de invierno.
Meses más tarde.
-Este chaquetón deberías tirarlo, tienes que renovarte- ella, en ropa interior, cepillando el traje de chaqueta que se ha de poner. Están frente al armario de la habitación principal.
-Cuál. Le tengo cariño, y sí, tiene, mucho tiempo, pero precisamente por eso no puedo desprenderme de el- él. –Además, yo lo veo bien- entre tanto se sube la cremallera del pantalón, se mete la camisa por dentro mientras echa una mirada distraída al espejo interior de una de las puertas.
Entre una de tantas chaquetas, trajes, camisas y pantalones el sobre mantiene su existencia irreal, al margen de la conciencia y del tiempo.
Ella y él se han despedido en el portal con un beso que sabe a madrugada fría, a dejar el calor de las sábanas, el cuerpo del otro. Ella en una dirección y él en otra. El camino que hace, más o menos el mismo, calle arriba por las mañanas, calle abajo por las tardes, lo recorre anticipando el que será un día más de trabajo, un día menos según se mire. Sólo algún día varía el itinerario y es por fuerza mayor, no quiere sino llegar lo antes posible a la oficina. No sabe que esa noche, cuando vuelva, ella le necesitará.
Ese mismo día unas horas más tarde. La puerta de casa se abre, entra ella mientras habla por teléfono. Su tono es fuerte, bronco.
-Cómo, ha podido hacerme esto después del tiempo que llevo trabajando para él, catorce años... – escucha.- Catorce, sí... Hijo de la gran puta. El muy cabrón me ha invitado a tomar un pincho a media mañana para decírmelo y que no le montara el pollo.
-Sí, sí.
-Se lo diré, sí...- escucha. Ha dejado el bolso en el mueble de cajones que hay a la entrada junto al perchero, cuelga la chaqueta del traje y se dirige al salón retira la cortina y se apoya en contra el marco de la ventana para, desde allí, observar la calle.
-No, no te preocupes...
-Sí, ya estoy más serena. Gracias, eh.
-Bueno, ahora te dejo que quiero darme una ducha caliente y sentar un poco las ideas.
Sin mucho aspaviento, se dirige a la habitación. Se desviste, se ha sentado en la cama para desanudarse los zapatos. Le tranquiliza observar el orden del armario, de chaquetas, camisas y pantalones arriba, cajones abajo, el zapatero a la derecha, la temperatura, los colores. La ropa así dispuesta diluye la presencia de la persona, parece algo impropio, ajeno, son las prendas, una por una las que tienen ese poder evocador, coge una chaqueta de él, la cierra sobre si, cogiendo las solapas. Qué hay en el bolsillo.
Dentro hay una carta escrita de puño y letra y una fotografía en blanco y negro, una imagen desencuadrada, tomada muy cerca de la cara de una mujer, parte del mentón, los labios y la nariz es lo único que se puede apreciar. La foto ha sido tomada desde el ángulo en que sólo una persona muy cercana puede haber llegado. Los labios sonríen mostrando los dientes ligeramente, sin contención.
«Hola,
Soy esa persona que no encuentra las palabras adecuadas cuando la tienes delante, muchas veces torpe, muchas ingenua; la que encuentra extrañas o ajenas tantas cosas familiares y cotidianas; la que sabe de cosas etéreas y lejanas, ilusorias, es por eso que sólo sé compartir lo que tengo, ilusiones, lo que soy; la que está abocada a un paso incierto; la que tubo de refugiarse en mínimas certidumbres, palpables, cercanas. Una caricia. Un rayo de sol que, se abre paso entre las nubes, para venir sobre la piel. Una conversación. Un sabor que la lengua paladea e inunda al cuerpo. Una sintonía, un compás que es mi cuerpo.
La que fue olvidada y enterrada en el tiempo, que a mi y a tantos nos ha dejado atrás, nunca lo pensé. La que hubo dedejarse ir y me trajo, ahora, hasta ti. Un beso»
Cae la tarde. La puerta se abre y la saca del mutismo en que había quedado. Es él. Ella se dirige a la puerta y sin mediar palabra le echa los brazos al cuello. Se aferra, le estrecha entre sus brazos, y permanece así, sin hacer nada, sólo lo abraza.
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2 Octubre 2007
Escena primera
Un hombre se lanza contra otro, forcejean violentamente, el primero, el agresor tras vencerse, es golpeado violentamente, su defensa es débil, más verbal que formal. El estrépito atrae a dos hombres que sin mediar palabra lo inmovilizan y golpean brutalmente, uno de ellos, preso, como él, sobre la boca del estómago, certero y mortal, lo arruga, lo dobla. Cae. Los vigilantes, que no han participado, y los agresores se retiran parsimoniosamente.
Escena segunda
Desciende la luz, se mantiene lo suficiente como para que podamos verle levantar. Se vuelve hacia nosotros, magullado y ensangrentado. Dice así:
“Me ha roto, ha acabado... Ninguno de ustedes sabe los motivos por los que lo he hecho, ninguno de ustedes puede ponerse en mi lugar o saber cómo he llegado a este punto.
Fui condenado. A muerte. Tuve un juicio justo, mi abogado, gente de principios, un juez, el fiscal y un jurado, me encontraron culpable. Probablemente lo sea, sí. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo, las pruebas presentadas no dejaban lugar a dudas, la maté, y lo hice de forma abominable, alevosa (palabras estas que aprendí en el juicio), vil, ruin, ¡enferma…? No, no voy a decirles aquello de la sociedad enferma. Era absolutamente consciente de lo que hacía. La maté, sí, pero ¿Era verdaderamente importante que la hubiera matado o que me encontraran culpable? ¿He de morir por ello? ¿El que muera y lo haga de esta forma le traerá paz a ella? ¿Y a ustedes? Ya antes de que hubieran pronunciado sentencia yo estaba condenado, la expresión del jurado al oír los pormenores de la muerte eran suficientes para buscar un culpable y, desembarazarse de la pena, de la amenaza, quién puede vivir con ella.
Me dirán, que era consciente, que soy culpable, que he de pagar. Sí, les digo yo, pero se lo vuelvo a repetir no saben cómo he llegado a este punto o cómo me siento. Tampoco es importante, estoy muerto. Muerto por la gracia del estado.
Seguro se preguntarán si estoy arrepentido, pero créanme no estoy preparado para responder, aún no.
Hace doscientos noventa y ocho días que fue dictada sentencia, pena capital, pena de muerte, estoy seguro de que no son conscientes del significado de esas tres sencillas palabras. Tiempo he tenido para paladearlas, para rumiarlas uno tras otro, para digerirlas, devolverlas incluso. Pena de muerte, un bocado acre, un olor a habitación cerrada durante años, pena, una aflicción, una tristeza honda... Lástima de muerte.
¡Atención! Ustedes, yo, todos, podemos morir. Yo sé lo que es eso, morir, muero lenta pero inexorablemente, empecé a morir el día en que puse un pie en este corredor. Morir y matar, arrebatarle su tiempo a otra persona, nunca lo sabrán, no han matado a nadie, no han visto sucias sus manos. Es una pena, me apena, nos apena, nos sentimos apenados ante la proximidad de la muerte; la hemos desterrado, ocultado, por temor, por ambición ¡Viviremos mil años! La muerte no existe, si no la vemos no existe, si no la ejecutamos no existe. A diferencia de ustedes para mi no hay incertidumbre alguna, sé el día y la hora en que iba a morir. Esta, bueno, muerte administrativa, legal, precisa y proporcionada... civilizada en una palabra que estaba por venir ya no tendrá lugar. Se la he arrebatado.
Es por eso que lo hice, me lancé contra él, le sabía brutal y capaz. No es el “tormento” de las voces de Anna, no, sus súplicas cuando la maté, a medida que pasa el tiempo lo he ido olvidando. Ese es mi destino, ser olvidado. Supe que ese tipo me vencería sin gran dificultad, no vacilaría a la hora de matarme. No lo conocía, ¡Bah...! No se apuren, seguro habrá alguna razón, algo por lo que hubiera de pagar. Una barbaridad, dicen, su opinión ha de cambiar si les digo que está aquí, conmigo, en el corredor, ya pueden imaginar porqué. Me lancé contra él y bueno, ya saben lo que pasó.
¡Que liberación, Señor! Lo he meditado varios días, esos hijos de puta no me iban a matar como a un perro, no les concedería ese capricho. Lo he meditado pero por más que lo pensaba no encontraba la manera de hacerlo, no había forma adecuada de hacerlo. Más de uno entre ustedes quisiera verme pendiente de una soga, alguno incluso estaría dispuesto a ayudarme, a darme un empujoncito, ¿verdad? Es humano.
Lo hice sin embargo el día en que no me lo propuse, fue fortuito, fue accidental, fue eléctrico. Me di la vuelta y me fui contra él. Me dije, ya está, todo ha terminado, no habrá más padecimiento, ni el mío propio, ni el de Anna, mi víctima. Se han terminado el silencio y la soledad, y la espera. No había tiempo que perder.
Viéndome ahora, tal cual, aquí; agredido, calmado, resulta incomprensible, imposible saberme capaz de lo que hice. Es otra persona, es un recuerdo ajeno, de otra persona que se ensañó con esta otra, Anna, mi querida Anna. No era yo, era otra persona. Eso me permite, nos permite, seguir adelante. Ninguno de ustedes se ha visto en la situación en la que yo me he visto, pero eso no es importante, yo estoy aquí y ustedes no lo están. Dirán, nunca hubiera reaccionado igual, quizá no, quizá sí. No trato de justificarlo, cuando lo hice estaba ciego, sordo, no lo pensaba, es como un dolor, uno no lo piensa, lo siente, y sería capaz de cualquier cosa con tal de calmarlo. Es un acto involuntario, no hay que pensarlo, de hacerlo nunca encuentra uno el momento, es un dejarse ir.
Soy violento, sí, violento y brutal, y no merecía morir como un perro, no merecía esta muerte limpia, aséptica y formal. De veras he soñado con aferrarme a los brazos de mi verdugo, las manos sudorosas que se cierran sobre mi cuello. Necesito sus ojos clavados en los míos, necesito su aliento sobre el mío, que huele a miedo y saber como la vida se me va entre sus manos. Pero, no. No esta muerte burocrática, técnica, limpia. Qué clase de práctica impía es esta, que clase de orden es el que sustenta esta creencia, esa que trata, ya no a mí, sino a todos y cada uno de nosotros como si nada fuéramos, como si de un expediente se tratara, quién aplica y dispone. Me pregunto además, ¿es esta la suma de nuestras voluntades?, ¿es esto lo que quieren, muerte civil, muerte burocrática?, ¿cómo legitiman esta muerte, este vaciado? Porque eso es lo que hacen, legitiman algo que no tiene legitimación alguna, y lo hacen en aras del orden, del cuidado, de la sociedad, de la moral. No me miréis así, no quiero compasión, comprensión, sólo quiero pudrirme aquí el tiempo que resta. ¡Me están desollando vivo!
No me iba a dejar anular. Denme mi último esfuerzo, denme mis últimos instantes y no una sucesión de días muertos, denme el miedo a morir, me pertenece, no esta anulación, esta cosificación, esta barbarie. Sé de lo que hablo ¡Yo soy el bárbaro, ustedes los civilizados! Son ustedes que hablan de cuidados médicos, alimenticios, atenciones todas para morir mejor. Quiero el pulso acelerado, la adrenalina, no saber que está pasando hasta que un último suspiro me anuncie la muerte, una, humana, cansada, vital y no como deshecho.
Morir, sí, hubiera podido morir. De pena. No espero que lo comprendan, tampoco yo sé, cómo o por qué, tan sólo esperaba que no me supusiera una tortura, un vaciado. Lo merezco, me pregunto, merezco vuestro respeto, probablemente, no, empezando por el mío propio que perdí no se dónde ni cómo, quizá no hubiera nada que lamentar si me hubiera tenido respeto, si me hubiera guardado respeto. Pero morir, así, de pena, a manos de una administración, de algo inanimado, sin sentimiento ninguno, tratado no como una persona sino como objeto, como ganado. Pero, ¡Por Dios... No lo ven! Tratan mejor a sus animales, a sus mascotas.
Sí, soy culpable, merezco un castigo. Merezco la pena. Contra qué me he de enfrentar, contra quién. Cuál es tu cara ¡Muéstrate miserable! Cuál es tu rostro, cuál tu ánimo. Estoy sujeto de pies y manos; quieren que lo esté de conciencia, estrechan los grilletes de la pena sobre mi conciencia, se impone saber que no habrá nada más allá del espacio de los grilletes.
Quién eres tú, qué puedes contra los hombres. ¡Dispara miserable! Hazlo ahora, ante todos estos testigos pero, no, así, no, no me dejes languidecer entre los estrechos márgenes de los grilletes, no me dejéis morir de pena, de dolor.
¡Matadme!, ¡Ahora!, Por favor.”
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26 Septiembre 2007
Desde la calle es una de tantas ventanas, una de decenas, de cientos de una modesta fachada. Nadie diría que tras esos cristales, uno tras otro, un hombre observa los días pasar.
No sabría por donde empezar, siempre ha sido así. Observaba, escuchaba y no sabía cómo acercarme, qué contar o siquiera entenderles pero mi ingenuidad aún era más fuerte. Por el contrario lo que recibía eran reserva y desconfianza en forma de miradas, una acogida, digamos, fría. Mi aspecto físico, unos ojos por ávidos vacíos, unos movimientos maniatados y torpes; la corporeidad, no sé. Un aspecto francamente serio, frío incluso como reconocieron en alguna ocasión.
Desencuentros, muchos, que no me impedían frecuentar su compañía. Esos devaneos primeros una vez estudiada y dominaba la técnica me supusieron incluso un aliciente. Habíamos de llegar a un entendimiento, estaba seguro de que podría llegar a formar parte, siempre hay un espacio.
Así hasta que realmente no he sentido nada, en un principio me afligía, trastornaba incluso y, no, no es que haya dejado de importarme es sencillamente que no podía mantenerme siempre en ese estado de angustia, de vigilia.
En qué momento dejé de dirigirles la palabra no lo sé. Por momentos, entusiasta, me creía con un mayor conocimiento que aquellos que me rodeaban. Cuestionaba y defendía posiciones que no compartía o desechaba porque en ellas no había cabida para mí. Todo era fruto de una mayor sensibilidad, no afirmo, pregunto. Si no conseguía conectar era fundamentalmente porque estaba rodeado de mentecatos. Afortunadamente esta particular percepción había de caer, no sin procurarme gran satisfacción, demiurgo de mi jardín de las delicias era capaz de arrasarlo si así lo consideraba oportuno.
Esta soledad, renuncia, elegida ha sido mi elección, mi meta, para beneficio de estos pobres ingratos que deambulan, que no entienden, que no saben, que no ven, era yo quien había de sacrificarse para que cobraran una pizca de la vitalidad que experimentaba.
Hoy, no soy capaz de rebasar esa puerta que me separa del exterior y me limito a observar desde esta ventana. Digamos que he hecho de estas cuatro paredes un cuerpo íntimo, materno, en el que he de vivir. Aquí he de encontrar todo aquello que haya de necesitar, aliento, calidez, -esto fue lo más doloroso, hubo de pasar tiempo hasta que no necesitara de un abrazo, de una palabra amable-, distracción, conversación; a medías claro, nunca han de tener una réplica, tomé la costumbre de llenar el espacio con la voz de un interlocutor que no era otra sino la mía; fragmentos recitados, impresiones primeras, imágenes, movimientos, aullidos. Terminé por verbalizar cada impulso eléctrico que recorriera mi cerebro, haciendo caer la membrana que contenía neuronas e impulsos nerviosos para, proyección de mi cabeza, mis pensamientos, empapar las cuatro paredes en las que me veo confinado. Confundiendo así, rebasando, una frontera de hueso y de carne, de piel. Todo, porque nunca me he acostumbrado a ese rumor hogareño del propio cuerpo que se desplaza por el espacio, de los electrodomésticos que enfrían, la caldera, un hervor, un pitido, pasos que van… La voz, la mía es una forma de taparlo.
Hoy es fácil. No, llevadero. Me siento en la ventana y miro. Es el único medio de relación con el exterior, aséptico, anónimo, distante, que cobra un tono prácticamente cinematográfico, de gran pantalla, un plano secuencia. Estás fuera, aísla los sentidos, desde este lado la piel no percibe la temperatura, la humedad del aire, puedes ver las copas de los árboles alborotadas a merced de una ráfaga repentina, los rayos verticales que rompen las nubes caen sobre la tierra, que tan pronto brilla como se oscurece, ellos, nunca los mismos. Las sombras que se proyectan, que se confunden, forman volúmenes y compases, todo en una inmensa coreografía orquestada por el observador, único, dador de sentido, inamovible, pero estás fuera, siempre estás fuera, ajeno.
Observo y sé que nunca llegaré a ver a cada uno de ellos individualmente, al menos no como persona viva o que no haya dejado su impronta en folleto, libro o legajo alguno. De ese modo no tengo que preocuparme, no hay respuesta, es mi palabra contra la suya, es su palabra y mi voz. Por qué, creí que así entendería, creí que así aprendería, que bastaría un entrenamiento. Que aprehendería las motivaciones ocultas, de la vida que se dice. De ahí a no volver a salir no hay tanto. Es como tratar de pasar dos, tres veces por el mismo sitio, y, puedo decir, que ni siquiera así tiene uno garantía de dar con las palabras adecuadas.
En alguno de los últimos encuentros repetía conversaciones, expresiones o reflexiones que previamente hubiera leído o ensayado. Había quien se dejaba impresionar, los menos, pero ese destello nunca duraba lo suficiente como para que pudieran conocerme, menos aún yo a ellos. Por más que lo he intentado, por más que observo, no alcanzo a entender, seres diminutos que hacen acto de presencia en este mi pequeño escenario, ventanal, no son siquiera, son un ir y un venir, son movimiento; aprisa, distraída, maquinal… es una corriente. Qué contrasentido, me digo, concibo este mi entorno como un todo, como una colectividad que no entiende de identidades, es un todo impenetrable por informe, un todo que en el otro extremo me tiene a mí, observador, expectante; único, singular y que a un tiempo visto desde la calle no ha sino de formar parte. Soy parte de un todo que cobra sentido en la medida que yo, una porción, le doy coherencia.
La elección tomada en su día dejó de tener importancia en el momento en que confundo los motivos, puedo decir incluso, no sin cierto rubor, que los he olvidado, sin saber bien si es miedo, hábito o simple cerrazón la que me mantiene.
Hoy, ahora, me resta una sola pregunta, cómo va a terminar esto.
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18 Septiembre 2007
Despojado, sí, ha oído bien usted, así es como me siento... veo cierta sorpresa en su rostro, quizá piense que tiene cosas mejores que hacer que hablar con un desconocido... No, no diga nada, al menos aún, déjeme explicarle. No, no me malinterprete, no es que no me interese, es que, en fin, son varios los días que le he visto en esta línea y, no me pregunte porque le he cogido confianza... No, por favor, no se levante, aún le quedan cuatro paradas hasta su destino... No me mire así, es simplemente, que yo voy un poco más allá y casualmente lo hacemos a esta misma hora. Qué tiene que perder, ande, siéntese.
Le decía, confianza, sí, por extraño que resulte le he cogido confianza, despierta usted confianza, se le ve seguro, sensato. No sé, los ojos grandes, la expresión atenta y viva. Disculpe, ha sido algo completamente fortuito, yo no pretendía que las cosas se sucedieran así, pero, de veras necesito hablar con usted. No crea que yo mismo no me encuentro extraño, llevo unos días meditando los pros y los contras de hacerlo... Obviamente, me considerará un loco, yo, en su lugar así lo hubiera hecho. Pero ya ve que resulto poco menos que inofensivo, al menos para los demás. No, por favor, no pretendía asustarle... Discúlpeme, son los nervios, fíjese me sudan las manos, no tendrá un pañuelo, por cierto... No, uno de papel será suficiente.
Pero, vayamos al asunto, no hace tanto iba y venía tal cual podía hacerlo usted, tenía mis responsabilidades, mis ocupaciones, un trabajo fijo, el aprecio de mis compañeros... Mire, aquí tiene, la de la derecha es mi mujer, Adela, y estos de abajo son mis hijos, Laura y Rodrigo, lo fueron todo para mí... ¡Oh! No, no... Gracias, ya está. No será necesario, ya se me pasa... Bueno, gracias, le agradezco los pañuelos.
Esto, acaso, es todo lo que queda de entonces, una foto familiar, no me pregunte, no recuerdo que estábamos celebrando... Ja... Ja, ja... ¡Ay! Dios mío, mire que pinta. Y, sí, mire, este reloj, me lo dieron a los veinticinco años en mi empresa, ya no da la hora y ha perdido el lustre de entonces, era... ¡Es, un buen reloj! he leído que los astronautas lo utilizan en las misiones espaciales.
Entonces, todo era distinto, se lo dije, yo he tenido una vida plena, como usted, como cualquiera de estas personas. Se sorprendería, nunca pensé que pudiera verme así. Creí haber alcanzado la felicidad; una familia, un buen trabajo, pero, todo fue haber llegado y no supe ni cómo ni por dónde continuar. Me quede inmóvil, ¿sabe? ¿Qué he hecho en la vida? Me preguntaba. Me resultaba imposible tomar ninguna decisión, no sentirme atemorizado, todo aquello por lo que había luchado, no sé, a ver si me entiende, se desvanecía... Corría el riesgo de perderlo todo... O quizás, no había conseguido nada y apenas tenía ningún valor, ¡Agh!
Ella, Adela, fue paciente y muy comprensiva, lo fue hasta que traté de encontrar refugio en otra persona... Creí que el problema era ella. Estaba equivocado.
No supe qué hacer, no sentía haber hecho nada, era desolador, no tener objeto alguno... Sí, perseguir la nada. En el trabajo cualquier tarea por pequeña que fuera me resultaba ardua y compleja. Procuraba llegar una vez los niños estuvieran acostados, me mostraba evasivo con ellos, cuantas veces corrían alborozados hacia la puerta cuando me oían llegar y yo secamente les pedía silencio... ¡Qué no daría yo por volver a escucharles una vez más!
Me acechaban constantemente las dudas, una forma de desidia. Mi trabajo me permitía vivir muy por encima de mis posibilidades, en un principio no llamaba la atención, incluso se percibió como síntoma de valentía. Sin embargo con el tiempo me mostraba imprudente, temerario, perdía los nervios con facilidad, ya sabe. Me dejaba llevar y me comportaba de un modo extraño, por momentos parecía otra persona, una que me gustaba más. Quería creer que esa otra persona sabría tener una respuesta. Empecé a frecuentar las amistades de un compañero al que debía sacar cerca de veinte años.
Sólo me interesaba por el plan de esa noche, a quién conoceríamos o si iba a ir tal o cual amiga. No tardaría mucho tiempo antes de que mi trabajo se viera resentido, un par de remesas que no llegaron a Bremen, facturas que no terminaban de cuadrar... Bueno, ya se imaginará.
Hice muchos amigos, los mismos que tiempo después, apenas me dirigían la palabra sino para preguntarme que tomaría. Adela ya no estaba y eso me daba aún más opciones.
¿Qué ocurrió? Me paré, a secas. No encontré motivo por el que seguir. Dejé de andar. Una fuerza, una falta de ella mejor dicho, me atenazaba, me impedía continuar, era incapaz de dar un paso más, acababa de salir, era de noche, hacía frío y, una vez rebasado el portal de entrada era incapaz de dar un solo paso. No sé el tiempo que pude permanecer allí, en pie, con la vista perdida. Inánime. ¡No sucedía nada! Nada dentro de mí me impulsaba a seguir, no ocurría nada, si no hacía nada, no pasaba nada, ¿lo entiende? Era como el espacio de aire que ocupaba, no sabía que me había llevado hasta ese instante y, desde entonces, permanezco anclado a ese momento, no hay antes, tampoco después.
Por eso acudo a usted, llevo tiempo observándolo, usted ha de saberlo, dígame, ¿Por qué continúa? ¿Cómo tiene la seguridad?
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29 Agosto 2007
-No te pido que lo entiendas- él
-No puedes hablarme así, no atiendes a razón ninguna- ella
-No pretendo hacer ver que tengo razón, sólo quiero intentarlo, ¿es tan difícil de entender? Tan sólo quiero tomarme un tiempo, no pretendo dejar de trabajar.
-No es tiempo lo que reclamas, si así fuera yo misma te daría el dinero que pudieras necesitar. No eres ni remotamente consciente de lo que esto va a acarrear. Es un capricho.
-Necesito hacerlo, no puedo evitar sentir como lo hago.
Sale. Lo deja con la palabra en la boca, lo deja con el estómago vacío y, lo que es peor, un eco que nada apagará. Es extraño, no es ese el modo en que se comporta normalmente, acostumbra a mostrarse más dialogante. Es entonces que el frío del piso, en contacto con los pies desnudos, se hace más agudo, el olor del café acre, la luz matinal débil. Es entonces que, agarrotado, extraño, se deja caer en la silla de cocina.
Del pasillo provienen pasos firmes y apresurados que se detienen en el armario, un abrigo o prenda cualquiera, las llaves, la puerta que se abre y un portazo.
La posibilidad de que pueda no haber sopesado las opciones. Más importante, de haber roto, de haber quebrado la confianza le llevan de súbito a ver miedos y amenazas que antes no sentía. Descolocado, trata de resguardarse, parapetarse sobre sí mismo, como si eso bastara para asentarse.
El eco vacío se repite en las sienes, en la boca, los ojos, al cerrarlos, al beber.
Trata de serenarse, de retroceder, de volver a sus razones, las que le llevaron a hacerlo. Se convence y avanza, punto por punto, hasta ese momento, ese en que ha caído y se ha roto. Retrocede, avanza... retrocede. Escucha una y otra vez su voz, no tanto sus motivos, la suya es una única discusión, iniciada el día que se conocieron y que no tendrá fin, no importan los motivos y sí la modulación de la voz.
Acaso no sabe hacer ver sus razones, se pregunta, acaso no es claro. Afecta, daña, a alguien su decisión. Es acaso egoísta. No, es ingenuo, es torpe, es sencillo. Es...
Arder en el agua
Ahogarse en el fuego (*)
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(*) Título del libro de poemas de Charles Bukowski que, además, venía muy a cuento. Editorial: La poesía, señor hidalgo
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28 Agosto 2007
Estoy cansado, cansado de los manifiestos, de las despedidas, de los legados. Decepcionado por las ilusiones últimas, por las conclusiones al cabo de una vida, de lo que está bien, de lo que no lo está tanto, de lo que hubiera hecho si las cosas hubieran resultado de otro modo. Hay algo, y digo bien, hablo de algo por indeterminado, dentro de uno que le impulsa ha tomar unas y no otras decisiones, a pesar de resultar no equívocas, no, pero sí arbitrarias, ilusión de poder y libertad.
Frustrado, sí, por lo pobres que resultan, porque sólo cobran sentido en el mismo instante que son escritos, ni antes, ni después, y tan sólo porque uno está imbuido por la proximidad del vacío que, lleva a magnificar lo que no ha sido sino una sucesión de días, impresos en la memoria algunos, amasijo de neuronas, aliento esquivo, mecánica caprichosa que burla un ánimo trascendente de lo que debe ser, de lo intelectual, sí.
Estoy harto.
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24 Agosto 2007
Es una suerte de tacto, una desazón, un pulgar contra la palma que descubre un color, absorbido por el roce, por el sonido leve que provoca y aproxima a la oreja, perdido en un vaivén que le corre del estómago a la cabeza, de la cabeza a las manos y de ahí a la oreja de nuevo.
Son concavidades de los nudillos, el vello que gradualmente hacia los brazos se hace más tupido, la parte anterior, la de las muñecas, ¡abierta, más suave! Las líneas, la forma, el tamaño no son estas, no hay otra igual, qué significan esas durezas, tersas, estas cerradas, en los extremos de cada uno de los dedos.
Es un llanto, un peso en el centro del estómago, que se expande con cada respiración, que colma de aire un pecho que, como el mar, se hincha y deshincha, que no está sólo, que dentro, aquí, bajo el aire hay un tiempo, que corre, que corre, bum, bum, bum, bum... el aire, bum, bum, bum...
Es claro, es luz. Es sombra. Es luz, es color, es el pulgar que amasa la luz, es brillante, este es sucio, es como frío, este como calor. Amasa, amasa sangre, amasa tierra, amasa sombra...
Es pelo que corre, son unos que corren. Lo son. Son líneas y forma y tamaño y no son, no son el pulgar, los nudillos, la mano, son roca que corre, son corteza, son cuatro manos, son cuatro pies.
Son la mano, el bisonte. Son su tiempo que no morirá. Es el contorno rojo de la mano en la roca. Es el animal que estaba en la roca, esperando ser perfilado. Son los trazos de una mano diestra que sigue el pulso del aire, bum, bum, bum... el tacto de la roca. Son los que ya no están, como yo, que tampoco estaré, son los que vengan.
Es un tiempo y tierra. Son rastros que corren la piel.
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