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La Coctelera

inmaterial

¡pobre loco! ¡no sabe alimentarse de cosas terrenas! la angustia que le devora le empuja hacia los espacios y conoce a medias su demencia

Categoría: azar

1 Octubre 2007

Un hombre que se ahoga, de Veronese

El CDN nos trae nuevamente a Veronese. Tuve ocasión de verle la pasada campaña con su "Mujeres soñaron caballos" que me dejó en la butaca incómodo e interesado, vamos, picado por la curiosidad y, no fue sino el pasado fin de semana que era capaz de entender y aprehenderla propuesta de Veronese. El suyo es un Teatro de lo Grotesco, -sin acritud sea dicho-, más extravagante que ridículo; Grueso. Vivaz e intenso. La creación, versión o adaptación, dígase como se quiere del clásico de Chéjov resultaba prometedora. La contención de Chéjov y el nervio, el ímpetu de Veronese, así como el plantel de actores, cuando menos resultaban dignos de interés.

El resultado sin embargo es desigual, y lo es por dos motivos, uno, el hilo argumental y, dos, los elementos técnicos. Vaya por delante el trabajo actoral, verdadero, extremo en algunos casos y lindando la extravagancia; reacciones infantiles, inesperadas, en hitos dramáticos que descolocan un tanto al espectador.

La puesta en escena y el conjunto de la obra únicamente permite atisbar un puñado de perlas, de escenas, de gran valor por si solas pero de difícil comprensión dentro de un todo. Por establecer un símil se me antoja un racimo de uvas, -por qué-, no encuentro solución de continuidad entre unas y otras escenas, el barullo en algunos casos y la falta de conexión en otros, me hacen admirar los pequeños trabajos y no tanto el todo, como decía. Obvio algún problema “de genero” que por momentos se colaba en el diálogo.

La puesta en escena, mínima, pone toda la atención en la palabra, en lo que está ocurriendo, sin embargo determinados elementos técnicos no ayudan a establecer una definición de los personajes. La relación emocional tiende a un exceso, a un cogerse, a un empujarse, a un no distinguir, y choca. Los personajes se erigen desdibujados ante las razones de unos y otros personajes con cierta ceguera, con cierta incertidumbre, lo que diluye el resultado. Es una abstracción de la que se levantan rasgos del personaje, destellos.

En suma, la puesta en escena puede resultar confusa y perder al espectador, una propuesta escénica me parece válida siempre y cuando respete una comprensión, una verdad. La propuesta ha de ser clara, mantener un ritmo.

El resultado es una asfixia, un ahogo, una bola en la boca del estómago. Quiero pensar que Veronese parte de una muy personal manera de entender el teatro, dejando a un lado supuestos técnicos, para, de manera poco convencional, dar voz a la emoción, una sin freno, sin contención, sin forma a veces.

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24 Agosto 2007

Primigenia

Es una suerte de tacto, una desazón, un pulgar contra la palma que descubre un color, absorbido por el roce, por el sonido leve que provoca y aproxima a la oreja, perdido en un vaivén que le corre del estómago a la cabeza, de la cabeza a las manos y de ahí a la oreja de nuevo.

Son concavidades de los nudillos, el vello que gradualmente hacia los brazos se hace más tupido, la parte anterior, la de las muñecas, ¡abierta, más suave! Las líneas, la forma, el tamaño no son estas, no hay otra igual, qué significan esas durezas, tersas, estas cerradas, en los extremos de cada uno de los dedos.

Es un llanto, un peso en el centro del estómago, que se expande con cada respiración, que colma de aire un pecho que, como el mar, se hincha y deshincha, que no está sólo, que dentro, aquí, bajo el aire hay un tiempo, que corre, que corre, bum, bum, bum, bum... el aire, bum, bum, bum...

Es claro, es luz. Es sombra. Es luz, es color, es el pulgar que amasa la luz, es brillante, este es sucio, es como frío, este como calor. Amasa, amasa sangre, amasa tierra, amasa sombra...

Es pelo que corre, son unos que corren. Lo son. Son líneas y forma y tamaño y no son, no son el pulgar, los nudillos, la mano, son roca que corre, son corteza, son cuatro manos, son cuatro pies.

Son la mano, el bisonte. Son su tiempo que no morirá. Es el contorno rojo de la mano en la roca. Es el animal que estaba en la roca, esperando ser perfilado. Son los trazos de una mano diestra que sigue el pulso del aire, bum, bum, bum... el tacto de la roca. Son los que ya no están, como yo, que tampoco estaré, son los que vengan.

Es un tiempo y tierra. Son rastros que corren la piel.

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16 Abril 2007

I

Lo encontré en la barra de la cafetería, acuclillado sobre un taburete, acodado, como estaba, sostenía una copa de coñac en la diestra y un cigarro en la otra. Esa primera vez no lo vi, claro que, cómo saber cuál fue la primera, pudo pasar mucho tiempo antes de haber advertido su presencia. Dicho lo cual bien cabría decir que fue él quien me encontró a mi.

Pude ser un gran bebedor, sabe. Sé que eso pude hacerlo bien. Así se dirigió a mi.

Tuvo que repetírmelo nuevamente. Al, de reojo, advertir que era a mi o alguien en mi dirección a quien se dirigía evité mirar. Su voz, más alta, pesada, no dejaba lugar a duda. Pude desoír sus palabras o comportarme groseramente haciendo oídos sordos. Le miré, él a mi su vez, desvaído. No dijo más, llevó la mirada al frente y no volvió a pronunciar palabra.

Tiempo después supe que llegaba hacia las siete, hora en que abrían la cafetería, Hileras, se llama, y no se iba hasta las once o doce, hora en que el sol calienta lo suficiente como para estar en la calle.

Hasta ahí no resultaba más que un encuentro extravagante entre tantas otras jornadas. Normalmente desayuno allí, la chocolatería, -además de cafetería es chocolatería, aunque lo evocador de la palabra puede llevar a engaño, no se dejen confundir, no deja de ser un local opaco y preñado de olores, en el dos personas de buena voluntad tratan de servir algo que llevarse a la boca a una clientela condescendiente y bonachona que no irá más lejos en pos de un café, un pincho, una caña o un menú. Si me extiendo es porque se hagan una idea-, está frente a mi trabajo y preparan un cruasán a la plancha bastante sabroso, eso, un zumo de naranja, café y, sí, alguna que otra conversación matutina y, podía decir que el día había comenzado, así de lunes a sábado.

Apenas transcurridas veinticuatro horas, allí estaba, sentado, prácticamente en la misma posición, altarcito entre manos, cajetilla de cigarros, copa, tapa, cenicero y mechero, que dispone en composiciones varias con sucesivos giros. Le basta un gesto extendiendo la mano para que le sirvan otra copa. Entre tanto mete la mano libre en el bolsillo de la chaqueta y coge un puñado de monedas, las seleccionaba con el índice sobre la palma abierta, deja unas monedas sobre la barra y toma la copa. Veinticuatro, cuarenta y ocho horas más tarde, no lo sé, casi al punto de no advertir su presencia vuelve a dirigirse a mi:

Usted bebe, ¿verdad?

Agustín se interrumpe cuando advierte como desvío la atención buscando a alguien a su espalda. Sumamente confundido por lo insólito del comentario le observo esperando una explicación.

Ya al salir Agustín.
-Qué te dijo... ¿Le conoces?
-No, realmente no, es la primera vez que le veo, debo recordarle a alguna persona cercana.

Tags: escribo, bebo

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26 Enero 2007

Joseph Roth

La leyenda del santo bebedor”. Me he topado con referencias diversas en internet, sobre todo opiniones de distintos lectores, pero, encontrarlo, no, ni siquiera una triste sinopsis en Anagrama. Me pregunto si habrá quien pueda ayudarme, ¿no...? Continúo.

De momento y en su lugar he leído “Hotel Savoy”, escenario singular que a un tiempo establece el marco de relación entre los personajes y, a otro, sirve de referencia a los que van y vienen, o tal vez fuera más preciso decir, regresan ,–de dónde, del este, de los campos de prisioneros. Uno de ellos, Gabriel Dan, repatriado, será el que nos introduzca.

A medida que he avanzado en la lectura he encontrado una cierta despersonalización, un cierto desarraigo. Y me explico, Gabriel, Zwonimir, Slatia, Bloomfield, son personajes que me resultan absolutamente verosímiles, reconocibles. No me explico el porqué, pero al leer a Roth siento una cercanía, próxima a la nostalgia, que me deja embutido por los pasillos, por los humos del hotel, topándome a mí paso con cada uno de los personajes que lo pueblan. Sin embargo si sigo la lectura pierdo la singularidad. La identidad de cada uno de ellos se diluye en una corriente de repatriados, que podría ser la lluvia, esa gris e impersonal, que desdibuja los contornos.

La secuencia sólo se ve interrumpida por la figura de Bloomfield, el, para la mayoría, adinerado hombre de negocios afincado en “América”, para si, hijo unido a la tierra por la muerte de su padre, igual que sus hijos lo estarán a América, porque allí será donde le enterrarán una vez muerto.

Tags: leo

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21 Diciembre 2006

Funambulista

Cualquiera de los libros de la Editorial Funambulista tiene la siguiente acotación en la solapa:

"Para llevar a cabo nuestro empeño editorial, nos hemos querido fijar en el funambulista haciendo nuestras las palabras de Roger Caillois, quien –comentando el Zaratustra de Nietzsche– dijo del funambulista que «sólo logra su objetivo confiando en el vértigo y no intentando resistirse a él». Quizá, en ese mismo sentido, el vértigo no sea el problema sino la solución a la condición humana."

He creído oportuno destacarlo.

Salud y vino

Tags: leo, vertigo

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6 Abril 2006

Barniz

Mi espacio es de unos 50 metros cuadrados, diáfano, de una altura aproximada de 6 metros. La mitad de la sala es de tarima, de color marrón oscuro pintado a mano. La otra mitad es una grada de 6 filas, con unas 90 sillas, sencillas, de madera y metal. Creo haberlas visto antes en un comedor de colegio. Únicamente una almohadilla hace el asiento más confortable. La distancia entre las filas se hace insuficiente para permanecer inmóvil por mucho tiempo. Las paredes son de color pesado, verde mojado.

Bajo la grada un improvisado almacén para muebles, ropa y enseres varios que han de servir para futuras representaciones. Además contamos con el jardín, al que se accede por una puerta frente a la de entrada. Esta permanece oculta por un gran telón negro, el público normalmente no puede verla. El jardín acristalado, los días luminosos de primavera y otoño, permite una estancia cálida.

En la parte superior, sobre nuestras cabezas, una estructura metálica sostiene un tejado a dos aguas que bajo la lluvia no permite oír normalmente a los actores. Por fortuna, -¡por fortuna?-, en Madrid no son muchos los días de lluvia, nos decimos. Sobre la estructura se ha montado un juego de luces orientado a la tarima. El juego, los efectos y la música se controlan desde una pequeña habitación anexa en la parte superior de la grada. Un espectador lo sabe por el pequeño ventanuco que permite seguir la actuación desde la habitación contigua.

El público entra por una puerta lateral, junto a la grada. La antesala modesta y tan cálida como el ocre y algunos carteles saben ingeniárselas. La sensación es más bien fresca al entrar. Una vez ha empezado la obra uno no puede irse sin entrar en las tablas, el escenario.

Ese es mi espacio. La primera vez que entré no era sino cemento, ladrillos, polvo y materiales de construcción.

La segunda vez, entre ceremonial e infantil entraba por esa misma puerta, -luces, murmullo, expectación-. Tomamos asiento, se apagan las voces, el centro de la tarima concentra la atención. Unas palabras de bienvenida, -el espectáculo va a comenzar-, unas palabras vagas e improvisadas, dichas con ímpetu, con arrojo.

El segundo día tenía lugar la inauguración de la sala, -mi espacio-. Actores, directores, alumnos se dan cita. El propósito es conocernos. En el silencio de los espectadores me altero viendo como desde el punto en el que me encuentro me verán a mí. Atónito comprendo como un todo a los actores, los espectadores y el edificio. Prácticamente he dejado de escuchar la representación para oír y ver las que serán las obras que allí tendrán lugar, en mi espacio. Como si de un diálogo se tratara ese edificio hace suyos los gestos, las palabras… los aplausos, ese gran testigo pasivo que ahora recibe nuestra energía entonces nos dará entereza, humildad y pasión.

Desde entonces han pasado tres años. Hoy, vuelvo, y lo hago para tocar el barniz de las tablas, saludar a un amigo y escuchar otra vez el silencio de los espectadores.

Aún no puedo olvidar la suavidad de las tablas barnizadas.

Tags: teatro, escribo

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30 Septiembre 2005

somos... fuimos

somos… fuimos, personas de vida huidiza, licenciosa, azarosa, voluble
de sangre ardorosa que solo supimos calmar con alcohol y noche
afectos y caricias, nunca a la altura de nuestros deseos,
amoríos y compañías de ir por casa, de barra, de ramo de flores
de golpes y tropiezos que no supieron evitar los ojos muy abiertos
de confianzas, ciegas y necias, de no saber en que ocuparse
de medios hombres, de medias mujeres

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-yo creo que te comprendo – dijo la maga, acariciándole el pelo -. vos buscás algo que no sabés lo que es. yo también y tampoco sé lo que es. pero son dos cosas diferentes. eso que hablaban la otra noche… sí, vos sos más bien un mondrian y yo un vieira da silva.

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